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Carta abierta a la selección chilena

Carta abierta a la selección chilena

¿Saben qué? Lo tienen todo para ganar la Copa América: son locales, juegan contra Uruguay sin Luis Suárez y luego se enfrentarían al ganador de Bolivia y Perú. Es decir, no tienen que hacer nada del otro mundo para meterse, al menos, en la final. No hay lesionados, no hay suspendidos, a Brasil le sacaron a Neymar, Colombia juega mal, Paraguay es pura voluntad y Argentina todavía no aparece. Además, ellos se matan por el otro lado del árbol. Dejémonos de eufemismos, está Copa fue ideada, programada y realizada para que Chile se quite la mufa de 99 años.

Yo estoy viejo, ya la hice, no sufro ni lloro por una selección chilena. No tengo esa cuota de ingenuidad que necesitan los hinchas para vibrar. Hace más de 20 años dejé el tablón por razones profesionales. Las pulsión emotiva, labrada por cientos de tardes haciendo cola en la boletería, esperando en la galería bajo el sol o la lluvia, volviendo a casa derrotado o triunfante colgado a una micro o aplanando infinitas calles, se fue diluyendo sin remedio. No me desveló el remate en el travesaño de Pinilla, lo sufrí en su momento y pude seguir viviendo sin dramas. Mis grandes emociones son viejas: el gol de Astengo a Colombia, el pique de Yáñez en Asunción, el empalme de Ahumada contra la RDA. El punto final lo puso Marcelo Salas en el Mundial de 1998 metiendo el segundo gol frente a Italia. Listo. Tuve mi momento de fanatismo, de irracionalidad, de barbarie si se quiere citar a Martín Kohan.

A mis adentros prefiero una tarde soleada en Santa Laura entre Unión y O’Higgins que una festiva, ruidosa y efervescente noche en el Nacional, donde el himno no se canta sino que se grita y se compite por llegar con la cara pintada y gritar ceacheí.

Como ven, no les pertenezco, no me pertenecen. Somos dos mundos distintos y lejanos. No puedo darles la “adherencia” en los términos que ustedes entienden. Estos es, convertirse en una especie de rémora o ser parásito que se alimenta de los restos de su sangre. Tampoco les puedo dar el “apoyo” que reclaman. Porque ese “apoyo” en vez de contenerlos los empuja al abismo, y después corre hacia al fondo para intentar que no se estrellen en el piso. Luego, si efectivamente se estrellan, el “apoyo” los recogerá, los subirá a la cúspide y los volverá a empujar.

Yo no tengo remedio como ven. Soy la contra, el chaquetero, el que tiene agua en las venas, el saco de plomo, el que escupe el asado, el que no vibra, no salta, no se emociona. No quiero su amistad, no ofrezco la mía. Sé como es el negocio del fútbol y mantengo una sana distancia por el bien de todos.

Pero hay millones que sí creen en ustedes de corazón y alma. Que pueden contar sus mismas o peores historias de frustraciones, pobrezas, humillaciones y abandonos, pero nunca reciben una recompensa en esta vida. Que la pelean día a día contra las deudas, los sueldos bajos, las jubilaciones de mierda. Son los que no pueden ir a verlos jugar porque no les alcanzó el sueldo para comprar el abono o no tenían la tarjeta de crédito del banco correcto. Son los que defienden a Vidal y le perdonan lo que no le perdonarían a un hijo o un hermano. Son los que no pudieron dormir hasta las seis de la mañana cuando Pinilla reventó el travesaño. Ellos realmente sienten que Bravo es un gran capitán y Alexis un niño maravilla. Se hacen hinchas de Juventus, Barcelona o Arsenal porque hay alguien, que suponen un igual, un representante de su propia identidad, que está en esas canchas lejanas y difíciles para dejar bien puesto su propio y anónimo nombre.

Ellos, que reman día a día contra todo, desde la precariedad laboral, pasando por el transporte urbano hasta la contaminación ambiental, merecen que ustedes respondan en la cancha. Que aprovechen la oportunidad de oro que tienen ahora, la mejor en toda la historia del fútbol chileno. La oportunidad que todos ellos nunca han tenido y nunca tendrán. Ellos no son los invitados corporativos que están en la tribuna del Nacional, no son los que van como turistas a ver a la selección. Son los que se apiñan frente a un televisor en un living perdido en cualquiera de las comunas que sólo salen en las noticias cuando hay crímenes o decomisos de drogas. Son los que ven el partido en el trabajo, robándole horas a su breve descanso. Son iguales que ustedes, pero sin habilidad para el fútbol ni sueldos millonarios. Son los que nunca serán recibidos por un presidente, por un ministro, por un embajador. Los que se paran afuera de Juan Pinto Durán para verlos salir acelerando en sus V8 y soñarían con una foto o un papel firmado.

Si ustedes son campeones no bajará la cesantía, ni se anularán las deudas hipotecarias, ni mejorará la educación pública, ni la economía crecerá. Será el mismo país en apariencia. Pero Luis Álamos, ese profesor normalista que se volvió técnico, tenía razón y su metáfora de la marraqueta caliente y el café más dulce era cierta. Si ustedes obtienen la Copa América todos esos que los siguen sin pedirles nada a cambio verán el mundo y sus propias vidas con otros ojos. Será una alegría infinita e irrepetible. Será, tal vez, el mejor momento de sus existencias, el recuerdo más querido para siempre.

Está en sus pies privilegiados conseguirlo. No hay imponderables ni disculpas. Lo tienen todo a su favor como nunca antes, y, de seguro nunca después. De una vez por todas deben cumplirle a toda esa gente. Amén.

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