¡Gracias, cabros!

Mi hija menor, futbolera como pocas a su edad, creció viendo como su papá se ausentaba de la casa los fines de semana para ir a transmitir partidos de fútbol por la radio y coleccionó cuanto álbum pelotero se publicó en los últimos años. Hace un par de meses fue por primera vez al estadio y aunque su equipo no estaba en la cancha preparó unas coquetas banderitas de un club sureño para alentar al club del papá de una de sus mejores amigas.

Como ha pegado cientos de láminas conoce a los mejores jugadores del mundo. Sabe perfectamente quiénes son Messi, Agüero, Higuaín y Di María, aunque su favorito es Neymar por su peinado. Este domingo antes de ir a visitar a su abuela fuera de Santiago me preguntó si creía que podíamos ser campeones y yo le dije que sí, pero que era difícil y el favorito, Argentina. “Tranquilo papi, nosotros tenemos a Bravo”, respondió.

No le dije que yo había sido un duro crítico del arquero de la Roja en los primeros partidos ni que pensaba que Chile ya había cumplido. Tampoco que la final estaba, en el papel y en mi opinión, más favorable para Argentina.

Estas líneas, como podrán advertir, no son para comentar el impecable partido de Chile en lo táctico, ni la mano técnica de Juan Antonio Pizzi. Retratan con un testimonial de primera mano, íntimo, cómo esta selección cambió definitivamente la mentalidad de varias generaciones. Desde la más temprana edad como la protagonista de esta historia hasta quienes como uno, entrados los cuarenta, nos movimos durante muchos años entre el conservadurismo y la permanente sensación de que algo iba a salir mal. El endémico casi casi de la Roja por décadas. Sí, de ahora en adelante, mientras este equipo esté vigente prometo creer aún más en sus capacidades.

Así como el tenis chileno nos brindó una década de gloria entre el número uno del Chino Ríos en Miami, la doble medalla de oro de Massú y González en Atenas y el podio del Bombardero de la Reina en las Olimpiadas de Beijing donde consiguió su tercera presea, esta generación de futbolistas acaba de coronar un proceso notable que se inició con Bielsa, creció y maduró con Sampaoli y se consolidó de manera brillante con Pizzi. Que Chile, que nunca le ha podido ganar en los 90 minutos a Argentina en una Copa América, le haya arrebatado dos títulos a la Albiceleste y provocado la renuncia de Messi es increíble, inimaginable hace algunos años. Y no se trata de hacer leña del árbol caído sino constatar los alcances de la épica actuación de la Roja. “Cuesta dimensionar lo que hicimos”, dijo Beausejor. A todos, Jean, a todos.

La Copa Centenario fue cuestionada. Porque a partir de su organización se destapó el escándalo de los sobornos, porque para muchos tenía más un carácter comercial que deportivo, porque lo más importante era ganar en las Clasificatorias que levantar la copa dorada en Nueva Jersey. En este último punto, me incluyo: ponderé que era más relevante allanar el camino a Rusia que campeonar en Estados Unidos.

Los hechos, sin embargo, demostraron la enorme importancia de esta copa. Cómo olvidar la impotencia de Luis Suárez cuando no pudo entrar ante Venezuela y la Celeste quedó eliminada o el despido de Dunga por la pobre campaña de Brasil. Este domingo Messi anunció que no va más en la Albiceleste. Tres postales que evidencian que este torneo era mucho más de lo que pensábamos.

La mayoría de los periodistas deportivos tenemos la suerte de trabajar en lo que nos gusta, el privilegio de cubrir grandes eventos y disponer de una tribuna especial. Quienes ejercemos el periodismo interpretativo y de opinión, acertamos y nos equivocamos. Analizamos desde nuestra subjetividad, con la información disponible y el profesionalismo que entiende cada uno. En mi caso, me inclino ante lo indesmentible: la copa vale oro y esta generación es la más grande de la historia del fútbol chileno.

¡Gracias, simplemente, gracias!