Atlético frenó a Celta y Pablo Hernández en Vigo

CELTA 0 - ATLÉTICO 1

Atlético frenó a Celta y Pablo Hernández en Vigo

El Atlético volvió a sus orígenes con Simeone y venció 0-1 con gol a balón parado. Gameiro marcó en el 31’. Hernández jugó todo el partido.

Fue un partido desangelado que terminó con un Atleti sitiado, que defendía su gol, el único del partido, como si fuese el Santo Grial. Al Celta al que le dolían las puntas de las botas de tanto intentar igualarlo, pero nada. Se fue a la caseta mirándose, incrédulo, esa herida que le había dejado la efectividad atlética: 0-1, derrota.

Noventa minutos antes, la foto del comienzo ya había sido desangelada, al menos esa que se veía por televisión, con toda grada enfrente del tiro de cámara mar de asientos vacíos, con la afición que se oía a esta hora de siesta, pero faltaban ocho mil, cantaba alto pero se oía menos.
Comenzó el Atleti como terminaría, como jugaría: perdido, defendiendo demasiado atrás, demasiado cerca de Oblak, lejos de Sergio y su red, allá donde debía buscar la sal de los goles. Soso, con el Celta el único equipo que agitaba el salero, en la búsqueda de subirle las pulsaciones al partido. En el minuto 20, Simeone fruncía la boca en gesto serio: ya tenía a un central, Savic, con amarilla y acaba de asistir a la primera mano milagrosa de la tarde de San Oblak, que sacó con la puntita del guante un globo a la red de Maxi Gómez. De su equipo, mientras, sin noticias. Ni un remate, ni una ocasión, ni una ocasión terminada. Ni si quiera había hecho una jugada para el recuerdo. Veinte minutos y el Atleti era como esa grada de Balaídos frente al tiro de cámara: un vacío, una nada.

Piiiiii. El sonido de un cuerpo sin vida, sin respiración, pudo romperlo Griezmann en el 25’. El Atleti sólo tuvo que terminar una jugada, mover el balón sin perderlo hasta llevarlo al área rival, que apareciera Correa, que disparara Griezmann. La siguiente ese Piiiiiiii se había ido definitivamente. Lo tapaba un alarido, un golpe en el pecho. Era Gameiro, que al fin se había reencontrado con el gol. Al fin, cinco meses y 22 días después. Gol después de un córner y después de que Sergio Gómez en intento de despejar le asistió. Le dejó un balón muerto que Gameiro envió a la red para resucitar a su equipo, para redimirse él. El Atleti ya estaba en el partido. Y tenía un deber: defender con uñas y dientes ese Santo Grial, el gol, el gol bendito, eso que tanto siempre le cuesta.

El Celta acusó el golpe, ser la victima de la efectividad atlética cuando mejor estaba. Y eso que Thomas les dio un álito de vida, al perder un balón en el centro, regalo al Celta que se vino arriba. Ese acabó en disparo de Wass a los guantes de Oblak a los que siguieron treinta segundos de tortura. Porque el Celta se instalado en su área y ningún rojiblanco era capaz de sacar el balón de la zona de peligro, mientras Savic trataba de hacer otro Thomas (balón regalado) y Griezmann debía ser quien lo sacara de allí, la zona roja.

En la siguiente jugada se oia otro Piiii. Era del árbitro. El Atleti se iba a la caseta con su Santo Grial intacto. Lo guarda el mejor cerrojo, los guantes de Oblak. A los diez minutos de la segunda parte sus manos milagrosas ya eran dos. Ahora ante Aspas ante quien, de nuevo, había fallado Thomas.

De nuevo el Celta encerraba al Atleti buscando un centro lateral que fuera gol, el único resquicio que este año parecer llevar a la red de Oblak. Abrazado a ese gol, el Atleti comenzó a jugar sin mirar el reloj, como si fuera suficiente, dejándose dominar por el Celta y respondiendo con un único argumento: todos atrás. ¿El resultado? Un libre directo de Aspas al larguero y una mano de Gabi en el área que el árbitro no vio. En la contraria tampoco lo había hecho en un derribo a Godín en la contraria. El Atleti pasaba miedo. Pero no hay equipo mejor que sepa sufrir mejor.
Simeone introdujo, incluso, más cemento, Giménez por Gabi. Unzué replicó con pólvora: Emre y Guidetti, a ver si recuperaba eso de Súper. Griezmann casi lo celebra enviando una rosca que se fue acariciando el palo derecho de Sergio, después de un balón de Saúl, el mejor del Atleti, quizá el único.

Cuando Guidetti, precipitado, envió un balón al lateral de la red la cuenta de remates era 17 para ellos, 4 para el Atlético. La tensión en el estadio del mar de asientos vacíos podía cortarse en tiras, o palparse en una foto: podía cortarse porque el Celta lo intentaba e intentaba pero siempre se chocaba con el muro de piernas del Atleti o los guantes de Oblak. Simeone, por si acaso, metía más cemento. Filipe por Correa, tres centrales, cinco atrás.

Acabó el partido con el corazón rojiblanco en un puño, con más amarillas (5) que remates (4) y con Guidetti intentando un gol de tacón (pero ya no es Súper) y sin que el árbitro dejara lanzar un córner. Piiiiiii. Y sonaba a victoria, Saúl alzaba los brazos victorioso, Simeone corría.
Un profesional de la victoria. El cómo ya es otra cosa. Pero hoy no se trataba de eso, sino de ganar, ganar o ganar. El Atleti regresó a Madrid con su Santo Grial intacto. Ahora ya puede pensar en lo importante: cómo mejorar el cómo.

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