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FINALIZADO
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7 6
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6 3

Representantes, Millennials y Generación Z

El pobre nivel futbolístico del torneo chileno reflejado en hechos tan evidentes como la crisis de la U, la inestabilidad de Colo Colo o que un equipo como Unión Española que llevaba 8 partidos sin ganar –contando la Copa Chile, Sudamericana y Campeonato Nacional– pudiera haber quedado como sublíder si derrotaba a Everton en la fecha anterior, demuestran que el balompié criollo está en problemas.

La memoria es frágil o quizá para muchos es mejor no acordarse, pero Chile y Bolivia fueron los únicos países que no lograron clasificar a un solo equipo a los octavos de final de las Copas Libertadores y Sudamericana. En matemática simple, entre los 32 mejores de la región no hubo ninguno de los nuestros. ¿Revelador, no? El ránking mundial de clubes que indica que Palestino es el mejor equipo chileno al situarse en el puesto 489. Nada para enorgullecerse.

Las razones de tan precario panoramas son muchas, la lista es amplia, multifactorial. Ahí conviven la baja inversión, el desinterés de muchas instituciones por el fútbol joven, el alto número de extranjeros, la ausencia o el carácter errático de las políticas deportivas, el despotenciamiento del campeonato local a manos de la liga mexicana y muchos otros. Pero hay un elemento, no menor, parte de este preocupante cuadro que tiene que ver con los jugadores jóvenes y su desarraigo, con su falta de identificación con el club que los formó y su equivoca impaciencia por cambiar de aires y “salir a triunfar al extranjero”.

Si bien en el fútbol no hay recetas únicas llama la atención esta tendencia mayoritaria y, a todas luces perjudicial, en la que tienen mucha injerencia algunos representantes que, movidos por el negocio rápido, no evalúan que sus jugadores no han completado el ciclo natural ni tienen la cantidad suficientes de partidos en primera división para emprender el vuelo. La tasa de éxito, de consolidación posterior, es muy baja.

Luis Musrri, ex técnico de la sub 19 de Universidad de Chile, contó hace un tiempo que cuando ejercía en el cargo le preguntó al plantel cuántos jugadores estarían dispuestos a irse con él a un equipo de Primera B para jugar más y adquirir experiencia. Solo dos levantaron la mano. El resto ni siquiera tenía la expectativa de triunfar en la U. Estaba con la cabeza en México o Europa porque su representante estaba “haciendo gestiones para sacarlo del país”.

Si bien existen matices y en algunas ocasiones cierta dejación o falta de criterio de las gerencias técnicas que reaccionan tardíamente para ofrecer mejores condiciones contractuales a sus principales talentos jóvenes, que estadísticamente no son más de tres o cuatro por generación, algo está mal resuelto. Y tiene que ver tanto con la influencia de ciertos representantes como con las características generacionales de los futbolistas adolescentes y de corta edad.

En general, los estudios identifican a los millennials y la generación Z con patrones comunes como el desapego laboral, espíritu aventurero y gusto por la inmediatez u objetivos de corto plazo. Una realidad que tiene rangos y oscilaciones, pero que finalmente complejiza aún más las expectativas de fidelización de los clubes. Ya no es como antes cuando vestir las camisetas de Colo Colo o la U era un orgullo máximo. Hoy para muchos de estos jóvenes representa solo una plataforma, un trampolín para salir de nuestras fronteras lo más rápido posible.

Este indesmentible fenómeno llegó para quedarse y difícilmente cambie en lo inmediato, pero es un hecho que está siendo nocivo para los clubes y muy molesto para los ex jugadores de 40 o 50 años que hoy desempeñan cargos directivos en los clubes donde fueron referentes y que no conciben el desinterés de los futbolistas jóvenes por hacer carrera en las instituciones más importantes del país.

Triste pero cierto. Mis respetos a las excepciones.