El grito de Arley

La última columna redactada para este espacio se titulaba Tenemos que hablar de esto. Versaba sobre la muerte, en el último año, de tres futbolistas uruguayos que decidieron terminar con su vida por voluntad propia. A 26 años de la muerte de Raimundo Tupper, el tema de la salud mental en los deportistas de alta competencia es un foco de total vigencia en un mundo turbulento donde la pandemia nos ha movido el piso, a todas y todos, desde los cimientos.

Pocos días después de publicarse dicha columna, la gimnasta Simone Biles anunciaba su retiro de diferentes finales olímpicas a las que había clasificado. Una de las mejores gimnastas del planeta lanzaba una declaración que se replicó en todo el orbe. “Estoy luchando contra mis demonios internos”, aseguró. Una de las mejores del mundo, sino la mejor de todas.

Esta misma semana, también en los Juegos Olímpicos del coronavirus, la tenista japonesa Naomi Osaka cayó en tercera ronda. La encargada de encender el pebetero en la ceremonia de inauguración, se había bajado de los Grand Slam de Roland Garros y Wimbledon, aludiendo problemas de depresión y salud mental.

Pero lo de Arley Méndez nos toca de cerca. El pesista nacido en Cuba, nacionalizado chileno, llegó a competir a Tokio días después de cumplir su castigo por doping tras haber arrojado un positivo por marihuana. No fue buena la presentación deportiva de Méndez, pero sus declaraciones posteriores a TVN tras su participación son un llamado de alerta que nadie, ni la Federación, ni los cuerpos técnicos, ni las autoridades deportivas, ni la prensa, puede dejar pasar.

Conmovido, intentando elaborar una respuesta coherente, Arley Méndez anunció que se retiraba de la actividad. Simplemente no podía más. Lesiones que arrastra desde el 2019, la ausencia de su familia que siguen viviendo en Cuba, no poder asistir al funeral de su padre, la rudeza del Covid y las presiones por conseguir resultados positivos, tenían a Méndez sufriendo en una actividad que debería disfrutar. No le encontraba sentido proseguir con una carrera por la que había luchado demasiado. Los objetivos propios, internos, los reales, ya no aparecían tan prístinos en el horizonte de Arley. Sólo aparecían los externos, esos que piden resultados y marcas sin importar cómo ni cuándo.

El pesista realizó una confesión que es un verdadero grito. Reconoció que intencionalmente consumió marihuana para ser descubierto, para ser descalificado, para no participar más. A través de un acto de auto-boicot, a través de hacerse un daño propio, cedió la responsabilidad de bajarse de una competencia a terceros, al reglamento. Por razones que sólo Arley conoce, prefirió el autoflagelo antes de decir que, simplemente, ya no podía más. Hacerse daño es la más urgente de las señales cuando la depresión asoma.

No se trata de exculpar a Méndez del error cometido. Es probable que él mismo sea su principal crítico. Se trata de escuchar antes de juzgar. De conocer la historia antes de volver a caer en los lugares comunes que se usan para analizar un aspecto tan relevante como la salud mental.

Acá no se trata de un podio, una medalla o un resultado. Se trata de deportistas destacados y destacadas que están pidiendo a gritos ayuda, como tantos y tantas que no tienen los medios para ser escuchados o acogidas. Y no podemos hacer oídos sordos ante semejante llamado de auxilio.