¿Generación perdida?

La pandemia del Covid 19 golpeó al mundo del deporte de manera tan brutal como insospechada. Pegó durísimo y tuvo efectos desastrosos en una industria que se vio obligada a posponer durante un año los Juegos Olímpicos que acabaron realizándose en medio de múltiples aprensiones y estadios vacíos.

En el ámbito del fútbol el panorama no fue muy distinto. La Copa América estuvo en duda hasta último momento y terminó efectuándose en Brasil, un país distinto a las sedes originales. En Chile sabemos lo que ocurrió con el torneo 2020, las reducciones salariales y la crisis financiera y deportiva que, por ejemplo, afectó a Colo Colo que estuvo al borde del descenso. Consecuencias implacables de un escenario imprevisible.

Mientras hoy colosos del fútbol sudamericano como Cruzeiro o Independiente de Avellaneda enfrentan situaciones económicas verdaderamente críticas, la Conmebol anunció que todos los torneos de selecciones de las categorías menores se pospondrán hasta 2023. ¿Qué pasará con los jóvenes futbolistas chilenos? Una pregunta amplia, compleja e impredecible.

Impredecible porque en Chile hasta octubre de 2019 conocíamos perfectamente el universo de jugadores seleccionables en cada categoría, pero hoy la escena es distinta e incierta luego que el campeonato de cadetes quedara congelado, primero a raíz del estallido y, posteriormente, con motivo de la pandemia. Un bache que dejó a la deriva a más de una generación.

No pocos clubes intentaron mantener a sus series menores activas, con sesiones telemáticas, acompañamiento y entrenamientos presenciales en la medida de lo posible pero el régimen fue discontinuo y sin competencia. Una ecuación nociva para el desarrollo deportivo de cientos de cadetes. Un porcentaje minoritario siguió entrenando por su cuenta, con apoyo profesional gestionado directamente por sus familias, pero la mayoría quedó entregada a las erráticas decisiones de ciertos clubes que enviaron a sus técnicos a la AFC o de otras instituciones que siguieron funcionando pero atadas de manos por la coyuntura.

¿Pudo el fútbol chileno haberlo hecho mejor en esta materia? Sin duda, pero primó un criterio financiero que se escudó en lo sanitario.

Una lástima porque el deporte no solo genera efectos valiosos sino también externalidades positivas y perder 22 meses de entrenamiento y competencia, no quepa duda, perjudica el proceso formativo y puede llegar a dejar inconclusa hasta la más prometedora carrera. De acuerdo a versiones extraoficiales, la primera semana de septiembre se retomarían las divisiones sub 18 y 21, esta última categoría nueva y extensión del fallido campeonato sub 20 del año pasado.

Este fenómeno futbolero, que no es muy distinto de asuntos más relevantes para la sociedad chilena como la brecha digital educativa que la crisis sanitaria amplió entre los sectores acomodados y populares, probablemente irá disgregando los casos y aquellos jugadores jóvenes con mayor madurez, convicción y profesionalismo, independiente de su origen, serán los grandes sobrevivientes deportivos de la pandemia. Aquellos que fueron capaces de hacerle frente siguiendo o autoimponiéndose pautas de trabajo, entrenando de manera particular e invisible, siendo y sintiéndose deportistas de alto rendimiento más allá de la falta de competencia. Ese grupo que solo el paso del tiempo terminará de cuantificar (y poner de relieve a los clubes que mejor trabajaron en este período) será la esperanza de una necesaria parte del recambio del fútbol chileno.