“Mi familia no sabía si yo estaba vivo, nos torturaron... Hasta hoy me cuesta dormir y sueño cosas raras”
El representante de futbolistas, Gabriel Silva-Riesco, habla por primera vez de lo que vivió en Avellaneda: “Los policías disfrutaban al masacrar a la gente”.


Tras varios días refugiándose en su familia, el representante chileno de futbolistas, Gabriel Silva-Riesco, decide hablar por primera vez de lo que vivió en el estadio Libertadores de América, para el partido entre Independiente y la U. El agente estuvo cerca de los incidentes y, después de dejar el recinto, fue detenido injustamente.
“Me interesa visibilizar mi testimonio, porque esto fue un linchamiento. A medida que todo vaya saliendo a la luz, se va a ir dando cuenta de la barbarie que cometieron y de la violación a los derechos humanos que ocurrió esa noche”, cuenta hoy Silva-Riesco en entrevista con AS, apuntando contra la barra brava de Independiente y la policía. Ahora, analiza tomar acciones legales.
- ¿Cómo han sido estos días, después de regresar a Chile?
- Lo primero fue ver a la familia, que se angustió con esto. No sabía si uno estaba vivo, herido... Llamaron a hospitales, comisarías, tratando de averiguar sobre mí. Ahora he estado rodeándome de amor con ellos. Todavía paso noches difíciles: me cuesta dormir y sueño cosas raras. Quizás tengo estrés postraumático. Estoy tratando de recuperarme.
- Hablemos de lo que pasó esa noche. Vamos en orden cronológico. Usted llegó al estadio y se ubicó en la galería de la U...
- Todo fue tranquilo hasta el entretiempo, ahí empezó a aumentar la tensión, cuando comenzaron a lanzarse objetos de allá para acá. Aquí no le veo sentido tratar de averiguar quién partió... Todo se empezó a descontrolar cuando la hinchada de Independiente dio la vuelta al estadio, para ir a romper el portón y entrar a nuestro sector, armados, con palos y fierros, avalados por la policía, que los dejó pasar. Después, ellos lanzaron una bomba de ruido cuando estábamos evacuando.
- Ahí hubo mucha más tensión...
- Los barristas de la U aguantaron el portón para que se demoraran en pasar y la gente pueda evacuar. Al final, entraron igual y lincharon a los hinchas que pillaron. Nosotros salimos, pero sin saber que abajo había cuatro hileras de policías y guardias privados esperándonos. Pero más que para resguardarnos, era para iniciar otra cacería.
- ¿A qué se refiere?
- Que ahí comenzaron a agarrarnos a combos, al azar, y a tirarnos al suelo con las manos en la cabeza, como verdaderos delincuentes, sin haber hecho nada. Éramos gente que estaba saliendo del estadio, de todo tipo, y nos agarraron a palos. Fue un calvario.
- ¿Sufrió muchos golpes de parte de la policía?
- En el momento de la detención, recibí puños en la cabeza y golpes con las lumas, en la espalda y el estómago. Estuve dos o tres minutos boca abajo y me subieron al retén, pero vi a otros compañeros que los tuvieron ahí hasta 30 minutos, siendo golpeados con palos y patadas en la cabeza. A algunos, incluso, les pisaban la cabeza y el cuerpo. Era una brutalidad. Uno les veía las caras a los guardias y policías, y era como que disfrutaban masacrar gente. En el retén, que era para 15 personas, metieron a cerca de 40. Estábamos hacinados, sin respirar, y ahí nos trasladaron a la comisaría, donde comenzaron otras horas de tortura, malos tratos, abusos, golpes y amenazas.
- ¿Qué tipo de agresiones hubo en la comisaría?
- Al llegar, nos bajaron uno a uno y nuevamente nos agarraron a palos, seas menor, adulto, lo que sea... Nos pusieron de rodillas, con la manos en la nuca y mirando hacia abajo. Y al que levantaba la mirada, le llegaba un palo. Estuvimos así, al menos, por tres horas. En un momento, la policía nos dijo ‘ustedes mataron a una niña’, cosa que nunca fue, y nos decían que íbamos a pagar las consecuencias. Que teníamos que aguantar las golpizas, porque nos íbamos a quedar ahí y no íbamos a volver a ver a nuestras familias.
- Terrible...
- A algunos compañeros los hicieron desnudarse y los humillaron. Yo no podía ver, pero sí escuchaba que a un compañero que estaba sin ropa, le decían ‘tienes un segundo para vestirte’. Y el policía contaba y le pegaba un palo, y así... Le habrá pegado 10 palos. Fue algo totalmente inhumano, propio de una dictadura y de una guerra, donde nosotros éramos los enemigos y teníamos que pagar, según ellos.
- ¿Temió por su vida en algún momento?
- No, porque estaba aferrado a Dios, confiaba que eso iba a terminar. Pero sí tuve mucho miedo por no saber hasta dónde podía llegar esa masacre. Por ejemplo, por decir que yo era abogado, en vez de ayudar, generó que me pegaran más palos... Cuando no aguantábamos más al estar hincados con las manos en la cabeza, algunos compañeros que eran operados de algo empezaron a decir ‘no puedo más, me duele’. Y recién cuando hubo cambio de turno, como a las 6 AM, nos permitieron cambiar de posición. Pudimos ir al baño y tomar agua.
- ¿Qué vino después?
- Al día siguiente, llegó un efectivo de la PDI y nos dijo que iban a hacer lo posible para liberarnos. Después llegó la cónsul y nos dijo lo mismo. Yo le dije que esa noche habíamos sido torturados. El tema es que ellos se fueron y los policías nos dijeron ‘están cagados, se van a quedar aquí’. Ya cuando la situación estaba tan tensa, que éramos 100 detenidos, hacinados en un espacio para 20, muchos empezaron a alterarse y gritar hacia el exterior. Eso hizo insostenible la situación.
- ¿Y ahí qué pasó?
- Nos separaron y nos abrieron otro espacio dentro de esa comisaría. Y al rato nos mandaron a un grupo a otra comisaría. Ahí el ambiente fue un poco mejor, porque los policías eran más humanos. Después, cuando ya estábamos preparados para dormir, como a las 12 de la noche, llegó un policía y dijo ‘muchachos, los vamos a liberar’. Ahí nos miramos entre todos, nos abrazamos y fuimos liberados.
- Finalmente, llegó el retorno a Chile. ¿Cómo fue ese momento?
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- Emotivo. Me contuve un poco, pero mi familia me abrazó y lloró. Situaciones como esta te hacen darle valor a la vida y a la familia, así que fue una tremenda alegría. Lo que más me angustiaba estando adentro, incomunicado, era saber que mi familia lo estaba pasando mal, por no saber de mí. Llegar fue un alivio.


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