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De un tiempo a esta parte se han normalizado una serie de decisiones, actitudes, maniobras, que de tanto repetirse nadie cuestiona. Pasan a ser parte del paisaje. Hemos normalizado, como medio futbolístico, aberraciones que inicialmente se permitieron para zafar de alguna emergencia, pero que luego promovieron un estado de situación que roza el delirio.

Hemos normalizado que cueste un mundo encontrar un estadio para jugar algunos partidos, sobre todo de equipos grandes. Hemos normalizado que se jueguen pleitos a cientos de kilómetros del lugar de residencia de los equipos en cancha. Hemos normalizado que se jueguen partidos con dos visitantes, aunque administrativamente el papel diga otra cosa. Hemos normalizado que el triunfo sea que el partido se juegue, aunque sea lejos, sin público, en horarios imprudentes, pero que se juegue.

Hemos normalizado que se juegue sin público visitante. Ya casi nadie pregunta, se da por descontado que en los estadios no hay espacio para los forasteros. Asumir esta realidad es tirar la toalla, renunciar a cualquier otro método para estrechar los círculos de violencia. Es decirle a los violentos, que son minoría y fácilmente identificables, que ganaron.

Hemos normalizado que el fútbol esté secuestrado por los representantes, los verdaderos dueños de esta competencia hace largo rato. Los agentes cumplen un rol clave en la carrera de los jugadores que representan, pero de ahí a ponerlos en todos los lugares de la mesa genera un ambiente corrosivo que no le hace bien a la actividad. Jueces y parte, por lo bajo.

Hemos normalizado que los representantes no sólo sean controladores de equipos de fútbol sino que de varios al mismo tiempo. Aberraciones como que el mismo grupo controle a San Luis de Quillota y Unión La Calera, a Coquimbo y el Audax Italiano, a La Serena y Huachipato, a Huachipato con la Universidad de Chile. Claro, nadie rompe la figura de lo legal con el consabido palo blanco, pero si mostramos las cartas como realmente son, la bofetada de surrealismo golpea y con fuerza inusitada.

Hemos normalizado que no se separe la ANFP de la Federación de Fútbol de Chile, lo que implicaría que la liga con todos sus vericuetos camine por un carril y las diferentes selecciones por otro, como ocurre en variadas latitudes y como viene advirtiendo la FIFA hace más de una década. Todo nuevo directorio dice que el estudio de esta materia es prioritario y no pasa nada. Pero nada de nada.

Hemos normalizado que personajes que le hicieron un profundo daño al fútbol, que quebraron a los clubes más emblemáticos del país, sigan profitando de una actividad y se den maña para entregar recetas.

Hemos normalizado que gente ajena al fútbol, que desprecia la actividad y sus actores, que llegan convencidos que esta industria es fácil porque son sólo hombres y mujeres que corren detrás de una pelota, provoquen un caos cuyas dimensiones aún no podemos calcular.

Hemos normalizado que el Consejo de Presidentes de la ANFP no vote por los mejores proyectos, sino por alianzas cuya finalidad es el poder y no la actividad en su conjunto.

Hemos normalizado que un hincha del fútbol no puede ir a ver otro equipo sólo por el goce de ser testigo de un buen cotejo, porque en los registros ya compró boletos para un equipo determinado y no puede ver a otro.

Hemos normalizado que los directores de la U no le contesten a la Universidad de Chile. Que no les interese. Que los desprecien. Que le falten el respeto a la Casa de Estudios más antigua del país, desde donde egresaron la mayor cantidad de Presidentes de la República y Premios Nacionales. Pero no les importa, No contestan sus emplazamientos. Porque ellos saben más. Claro, se nota.

Hemos normalizado que contraten a la mano derecha de Sergio Jadue porque pueden hacer lo que quieran y lo hacen, a riesgo de que uno de los clubes más grandes de Chile siga en el despeñadero.

Y más. Mucho más. El riesgo de normalizar tanto algunas situaciones que requieren al menos una revisión, es un síntoma tan inquietante como los errores cometidos. Es un paso sostenido hacia a la indiferencia. Y ese mal no tiene cura.