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Esta columna no es sobre Francisco Muñoz ni sobre su alter ego Pancho Malo. O al menos no en el detalle fino. Es sobre quienes lo convirtieron en un interlocutor válido. Mal que mal a mitad de semana lo vimos parlamentando con el presidente del Senado, algo que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas chilenas no puede hacer.

Francisco Muñoz o Pancho Malo nunca ocultó su cercanía política a la extrema derecha y tiene todo el derecho de hacerlo, independiente del lugar en la vereda desde donde lo miremos. Como todos y todas, puede expresar su opinión libremente. Es uno de los rasgos distintivos de la democracia, la misma que él no valoraba cuando era miembro activo de la Fundación Pinochet. Pero esa es otra discusión.

A Francisco Muñoz o Pancho Malo le costó convertirse en un líder dentro de la Garra Blanca, pero lo consiguió. En un comienzo, las facciones internas lo miraban con recelo, incluso con cierto desdén, pues su origen era mucho menos popular que la mayoría de los líderes de los diferentes piños. Si se quiere, Francisco o Pancho empezó desde abajo hasta llegar a controlar a una de las barras más importantes del país.

¿Por qué alcanzó tal nivel de relevancia interna? Francisco Muñoz o Pancho Malo estacionaba su auto en el lugar de los futbolistas. Ingresaba al entrenamiento y los partidos las veces que quería, con quienes deseaba. Un grupo importante de seguidores, casi feligreses. Supo moverse con habilidad en un terreno que le permitió alcanzar roles de liderazgo y dejar a un sector de la dirigencia alba tranquila. El fenómeno barrabrava en Chile es diferente al de otros países. Se ha cometido un error supino al tratar de equipararlo a Argentina, Colombia, México o incluso con Europa. Tiene motivaciones distintas, derroteros distintos, objetivos diferentes y estrategias de poder muy disímiles. Quizás en ese punto haya una convergencia. El poder. Lo que orienta a las barrabrava en Chile es la consecución de cuotas de poder y eso ha llevado a que varios, no sólo Muñoz o Pancho Malo, logren una alianza con algún grupo directivo determinado. No son necesariamente grupos rebeldes ni de resistencia. Al contrario. Muchas veces son oficialistas. Financiados, protegidos, promovidos, sostenidos, custodiados por dirigentes y en ocasiones, por las autoridades civiles o policiales. Francisco Muñoz o Pancho Malo muchas veces organizaba la seguridad del recinto de la mano con Carabineros. Estaban a cargo de controlar internamente su zona a cambio de vistas gordas evidentes. Gabriel Ruiz Tagle, dos veces presidente de Blanco y Negro, el primer ministro de Deportes que se ungió en Chile, fue su padrino deportivo y también político.

Francisco Muñoz o Pancho Malo estuvo involucrado en incidentes graves, en la vereda del victimario pero también de la víctima. Porque eso pasa cuando se naturalizan las formas de actuar violentas, agresivas, intimidatorias: la línea entre agredir y ser agredido es apenas un pestañeo. Y el resultado termina siendo el mismo círculo de incertidumbre. Hace algunos años fue en el fútbol. Hoy es en la política.

¿Todavía existen los porfiados que creen que la política y el deporte van por caminos diferentes? Buena parte de los barrabravas chilenos, de diferentes colores de camisetas, son reclutados en las campañas políticas de los mismos que a la hora de tomar medidas enarbolan sonoros discursos pero nula ejecución. Pero a ellos nadie los saca al pizarrón. Es más fácil tratar al hincha de flaite, de violento, de marginal, mientras el beneficiado con sus acciones se pasea tranquilamente por conspicuos pasillos como ediles o parlamentarios.

La política siempre, siempre, pero siempre, ha mirado con indiferencia el tema de la violencia en las canchas y el surgimiento y desarrollo de las barrabravas. Da igual el color político. Quizás ahora, cuando el asunto está a punto de estallarles en la cara, se lo tomen en serio un ratito.

Que no les digan que no les advirtieron.