Ir al estadio

Ir al estadio

No recuerdo la primera vez que fui al estadio. Por imágenes muy fraccionadas en mi mente, tengo una sensación vaga de una tarde de sol en 1972 y en el Nacional, puede haber jugado La Serena. Luego salto a 1974, yo y mi hermano Fernando de abrigo café y botones dorados yendo con mi papá a ver una doble amistosa: Colo Colo- Independiente de Avellaneda y Palestino con Inter de Porto Alegre. Había mucho público y la gente insultaba al Gringo Nef por puñetear, y no embolsar, un par de balones fáciles. En diciembre de ese año fuimos, otra vez con mi papá, al partido por la Copa Carlos Dittborn entre Chile y Argentina. Triunfo para la visita por 2-0 con baile. Esa noche, con cinco años, sentí lo que era la humillación, la impotencia y la superioridad de un rival. Inolvidable fue la el sainete de Miguel Angel Gamboa. A los 20 minutos todo la gente lo pedía y Pedro Morales lo mandó a la cancha. El Loco se mandó puras embarradas y la gallada pidió que lo sacaran. Y Morales lo sacó. Décadas más tarde Gamboa me confesó que fue el peor partido de su vida.

En 1976 comencé a ir regularmente al fútbol. Nacional y Santa Laura, a veces Sausalito. Hay una cita autobiográfica, en una reunión doble (la U con Wanderers y Colo Colo frente a Aviación), un pelusa me robó mi jockey y nos agarramos a charchazos regalándole al público un espectáculo extra. Mientras mi hermano le pegaba frontalmente al cabro, que nos sacaba cinco o seis años de ventaja, yo me trepé por sus espaldas, le metí la mano al bolsillo esperando encontrar mi gorra pero sólo cogí un pañuelo mugriento . Enajenado, se lo metí por la boca mientras Fernando le asestaba dos o tres manos bien puestas. Carcajadas y aplausos.

La primera vez que fui solo tenía 11 años. Reunión triple en el Nacional: Audax con alguien (creo que Palestino), la U con Iquique y Colo Colo con Magallanes. Una jornada muy larga de poco fútbol, donde lo más sobresaliente fue una luna gigantesca que se posó en la cordillera.

Me gustaba ir a la galería. Se escuchaban buenas tallas, la gente disfrutaba el partido o lo sufría, pero siempre respetaba a los jugadores. Aunque el partido fuera malo yo era feliz. La Copa Viña en el verano, por ejemplo, eran espectaculares. En 1980 Everton empató 3-3 con Olimpia, entonces campeón de la Libertadores, y el partido terminó en mocha. No faltó nada.

El estadio es de los eventos, y los recuerdos, menos traumáticos y más simples a la vez: se tomaba la micro, se hacía cola, se pagaba la entrada, se sentaba en la galería, se veía el partido y después uno se iba de vuelta para la casa. Una vez pisé una plasta de perro a la salida y en la micro se armó un hueveo gigantesco, cuando la carchacha se impregnó de mal olor luego de limpiarme en la pisadera. “Se te está haciendo caca la micro”, gritó un ingenioso desde fondo, provocando grandes risotadas. Yo, calladito, me hice el gil.

Santa Laura tenía los tablones hinchados por la lluvia, en el estadio San Antonio la medianera hacía de urinario, en El Bosque el viento lateral te hacía delirar. No había comodidades, y el público de galería, en general, era muy pobre. Me tocó ver niños sin zapatos. Así y todo no era un lugar para la violencia, sí para las pasiones, que no es lo mismo. Muchas veces insulté a un árbitro y también lancé monedas a la cancha enojado por algún cobro. Pero nada más. Para un mundo en blanco y negro, subir los escalones, sumergirse en el túnel y quedar deslumbrado por una cancha verde, delineada y con mallas flamantes, era un tance mágico.

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