Agassi, superclase

Termino de leer en vacaciones Open, la autobiografía de André Agassi, y su historia no deja indiferente ya que sus inéditas confesiones dentro y fuera de la cancha se conectan con un mundo que vivimos muy de cerca en la mejor época de Marcelo Ríos. Para quienes disfrutamos de ese portento que fue el Chino, las revelaciones del Kid de Las Vegas vinculan inevitablemente ambos caminos y los de centenares o quizás miles de otros jugadores porque lo que hace finalmente el libro es poner de manifiesto, en función de la experiencia de Agassi, lo mejor y lo peor de este deporte.

Cada capítulo, cada línea en la vida del pelado de las Vegas tiene una imagen paralela a igual o menor escala. Cuenta Agassi que su padre, un inmigrante iraní obsesionado con el tenis, intentó que cada uno de hijos fuese profesional. Fracasó con los dos primeros, pero no con André a quien le impuso la práctica de este deporte desde que era un bebé. Primero le fabricó un móvil, un colgante, con bolas viejas y luego cuando ya pudo empuñar la raqueta una máquina lanzapelotas a la que denominó el Dragón. Agassi debía pegarle a la bola 2.400 veces al día. Lo adoctrinó, forzó que jugara tenis a todo el día y le metió en la cabeza que debía ser el número uno del mundo. Hizo todo lo que estuvo a su alcance. El problema es que nunca le preguntó al pequeño André si quería ser tenista.

Papá Agassi es un caso extremo, pero no muy distinto a otros personajes que marcaron para mal las carreras de sus hijos como los padres de Jelena Dokic, Mirjana Lucic, Aravane Rezal, Mary Pierce o Bernard Tomic, entre otros. Nunca lo agredió como varios de los recién citados, pero ejerció presiones sicológicas indebidas. Algo que ocurre mucho en éste y otros deportes. Los hijos nunca deben ser la expresión de un deseo reprimido o la válvula de escape a una añosa frustración juvenil. Menos un negocio.

Lleno de contradicciones entre su condena a jugar tenis y los logros que proveía su talento, Agassi forjó un carácter rebelde. Se enroló a regañadientes en la Academia de Nick Bolletieri y logró dejar el colegio después de urdir con maestría una maniobra en la que amenazó al coach con largarse de Bradenton. Bolletieri accedió a liberarlo de las aulas porque sabía que Agassi era un crack, le ayudaba a marketear el lugar y en el futuro le haría ganar mucho dinero. El Chino Ríos también fue un rebelde, odiaba tanto el colegio como Agassi y entrenó en las canchas de Bolletieri. Ya como profesionales ambos actuaban con el mismo desdén con los medios de comunicación y muchas veces pagaron gustosos las multas por no asistir a las conferencias de prensa durante un torneo.

Agassi fue un tenista particularmente precoz. Su padre hizo que se saltara los torneos juniors y a los 14 años disputase sus primeros campeonatos profesionales. A los 16 dejó las competencias juveniles para abocarse a los satélites y challengers. Ríos, Massú y Gonzalez, en cambio, completaron su formación como juveniles. Ríos ganó el US Open, Massú el Orange Bowl y Fernando González, Roland Garros. Ambas rutas, está comprobado, son igualmente válidas.

Tal como Ríos, a quien la prensa especializada del circuito nunca le perdonó haber sido número uno del mundo sin haber ganado un Grand Slam, Agassi también debió enfrentar un proceso similar y tolerar críticas despiadadas por su tardanza en adjudicarse un major. Tras perder tres finales rompió la maldición y se quedó con el Abierto de Australia. Ahí, al fin, pudo demostrar que Pete Sampras era de carne y hueso y él algo más que un producto comercial.

Obviamente, Agassi, el número uno del mundo más longevo de todos los tiempos, ganador de 8 Grand Slam y de los 4 grandes en distintas temporadas luce un lugar más protagónico que Ríos en la historia del tenis, pero tal vez la similitud más llamativa entre ambos fue su reacción al momento de alcanzar el tope de la clasificación. Al Chino lo embargó cierto conformismo, la sensación del objetivo cumplido y poco más, al estadounidense una indiferencia que solo se explica en lo que define como su “odio por el tenis”.

Cuenta Agassi que uno de sus momentos más felices de su carrera fue haber ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. El Kid de las Vegas venía mal, cayendo en el ranking, pero el deportivismo olímpico, el hecho de jugar por Estados Unidos lo hizo volar alto. En la final con el español Sergi Bruguera sabía que no podía perder, era superior y el oro le pertenecía. De seguro, por ese recuerdo y lo mucho que significó, Agassi fue uno de los primeros y el más conceptuoso de los tenistas que felicitó a Massú en la previa del US Open pocos días después de que el actual capitán de Copa Davis ganara singles y dobles en Atenas en 2004.

Es imposible, incluso resumiendo, retratar en estas líneas la historia de Agassi. Queda claro que la ATP lo protegió al no castigarlo por consumir metanfetamina en sus días más grises cuando arreciaban sus fantasmas internos por seguir jugando y en medio de su crisis matrimonial con la actriz Brooke Shields. También queda claro que su caso es único porque así como le unen ciertos aspectos comunes con Ríos, González y Massú, el pelado de las Vegas fue capaz de remontar desde el casillero 141 del ranking ATP, ganar 5 Grand Slam después de los 29 años y prolongar su carrera hasta los 36.

Su caso o el de Federer, que con 34 años aún intenta conquistar su major número 18, nos revela casos excepcionales, quizá irrepetibles. Finalmente, González, Massú y en menor medida Ríos, que se retiró más joven, abandonaron en tenis competitivo en la edad en que lo hace la inmensa mayoría de los jugadores. No podemos criticarlos por una decisión que, en los casos del Chino y Feña, estuvo gatillada por las lesiones.

Si le gusta el tenis, sepa por qué Agassi odiaba tanto a Jeff Tarango, por qué le tenía bronca a Boris Becker y no soportaba a Michael Chang. Estamos en vacaciones, empieza febrero, hay tiempo. Lea Open, la autobiografía de Andre Agassi. No se arrepentirá.