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¿Mortalmente parecidos?

Al igual que en 2004 cuando Nicolás Massú y Fernando González regresaron desde Atenas con tres medallas en el pecho y se montaron arriba de un bus descapotable para dirigirse desde el aeropuerto a la Moneda, el recorrido de los jugadores de la Roja entre Juan Pinto Durán y el estadio Nacional portando la Copa América Centenario será recordado por siempre por decenas de miles de santiaguinos y millones de compatriotas que siguieron el trayecto a través de la televisión y la radio.

Tal como Massú y González rompieron cien años de deporte olímpico sin medallas de oro para Chile, la selección no solo ganó su primer título de América sino que en menos de doce meses se dio el gusto de reeditar la corona en un torneo aún más competitivo. Otra centenaria historia de fracasos y segundos lugares quebrada de manera notable por la Roja. La Roja de Sampaoli y, tiempo después, la Roja de Pizzi.

Pero hoy que estamos orgullosos y hasta cancheros disfrutando a la distancia las crisis de Argentina, Brasil y México sería conveniente plantearnos qué vamos a hacer para que Chile se mantenga en la elite del futbol mundial. Este camino que se inició con Bielsa en 2007 y acaba de tener dos paradas exitosísimas no tiene por qué terminarse o empezar a declinar. La pregunta es cómo conservar a futuro este envidiable estatus.

La respuesta no está en este grupo de jugadores que ya cumplió con creces. Porque más allá de clasificar a Rusia y tener una actuación relevante en la próxima Copa del Mundo, cuestión perfectamente posible para los actuales seleccionados, la obligación del fútbol chileno es sentar las bases estructurales para ser una potencia en el largo plazo.

Después de la desastrosa e irregular administración de Sergio Jadue donde los flujos de caja mezclaban los ingresos de la selección con las platas del Canal del Fútbol urge evaluar la separación de la Federación de Fútbol de Chile de la ANFP. En la actualidad, de no mediar la venta de algún jugador, el principal ítem de ingreso de los clubes proviene de los dineros del CDF (recursos que podrían aumentar significativamente si se concreta su venta a alguna cadena internacional) y no corresponde que las platas que genera la Roja, descontados los premios de los jugadores, vaya a parar a los clubes. De seguro Jadue pagó parte de su defensa en Estados Unidos y negocios de dudoso origen y evidente sobreprecio con platas de la selección.

Como la administración Salah tiene parámetros de probidad comprobados, pero debe convivir con ciertos clubes que solo piensan en la cosa pequeña, hacer la pasada o recuperar por secretaría la inversión o sus eventuales pérdidas sería bueno que fuese visualizando fórmulas para asegurar el desarrollo de las selecciones menores y ahorrar los excedentes de la selección. Si mañana Juan Pinto Durán se traslada a otro punto de Santiago se van a necesitar importantes recursos para su implementación.

Trascendió que de los 6 millones de dólares que ganó Chile por adjudicarse la Copa América Centenario, el 60% fue a parar a los bolsillos de los jugadores. Merecido. Nada qué decir. El saldo, descontados los altos costos de producción, debería ir directo a la cuenta de ahorro de la Federación. O a reinvertirse en entrenamientos, giras y competencias de las selecciones jóvenes.

Si bien es cierto que las selecciones menores se nutren del trabajo de cadetes de los clubes –lo que supone un desbalance en la generación de jugadores porque menos de la mitad de las instituciones trabaja en serio– la ANFP debería provisionar recursos derivados de la selección adulta para desarrollar el fútbol de base. Obviamente, todos los pasos deben darse cuidadosamente, pero, por ejemplo, por qué de los millonarios contratos de televisión o vestimenta de la Roja no se puede sacar una alita para apoyar la gira de un equipo juvenil X al extranjero. O aumentar la frecuencia de entrenamientos de las selecciones menores. O invertir en suplementos alimenticios para esos jugadores durante todo el año. Son ideas referenciales. El proyecto requiere un acabado estudio técnico y financiero. Y hoy en Quilín, afortunadamente, hay gente capaz de hacerlo.

A fines de los 90 Marcelo Ríos fue el máximo exponente de la región, motivo de inspiración para la armada argentina y toda una generación de tenistas latinoamericanos. Luego el testimonio lo tomaron Massú y González y el tenis chileno continuó siendo protagonista. El problema, sin embargo, fue que la elite no irradió hacia la base de la pirámide. Las federaciones de la época fueron incapaces de captar el boom de este deporte y generar mejores condiciones para su desarrollo. Al cabo, la mejor gestión corrió por cuenta de Andrés Fazio, hoy vicepresidente de la ANFP, Raimundo Achondo y Neven Ilic. Pero después de sanear la orgánica no se presentaron a un nuevo período.

Hoy la ANFP es tentada por la venta del CDF. Un negocio multimillonario. Pero la selección es la cara del país, la verdadera embajadora de esta nación. Y no se cuida sola. Ojalá haya conciencia para que en unos años más no volvamos a andar colgados del travesaño ni comprando calculadoras.