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Los enfermos

Hay sólo dos países, el de los sanos y el de los enfermos… En su “Diario de la muerte”, Enrique Lihn escribió desde el otro lado de la frontera, la enfermedad. Hace unos días me tumbó una gripe violenta. La fiebre rozó los 40 grados y estuve en calidad de despojo varias jornadas. Tuve la dolorosa nacionalidad del país de los enfermos, los que miran por la ventana del hospital hacia la calle y envidian a los hombres apurados por sus obligaciones que caminan de un lado a otro.

En el momento culminante, un ejercicio masoquista, pude ver por media hora la primera final de la Copa Libertadores entre Independiente del Valle y Nacional de Medellín. La fiebre, conté, estaba en el límite del delirio. Las imágenes del televisor parecían refrendar las alucinaciones calenturientas.

Donde esperaba ver intensidad y presión, los sellos del fútbol actual, encontré un juego pausado, cobarde, con la pelota al pie a 70 metros del arco rival. Un partido tristísimo, dominado por el miedo más profundo a la derrota. No parecía una final de la Copa Libertadores, ni siquiera un enfrentamiento de primera ronda, donde se juega la clasificación. Era un duelo cansino, aburrido, angurriento, donde lo más importante era no aflojar las marcas, no cruzar los límites rayados desde la banca, no desordenar el consabido “dibujo” que ambos técnicos concibieron en su genialidad.

(y los relatores de Fox hablaban de lo bien que habían comido anoche, lo lindo que estaba Quito, lo amable que era tal o cual colega ecuatoriano).

No sé si fue la fiebre o el hastío. Pero aguanté un tiempo, apagué el televisor y volví caminando lentamente al país de los enfermos. Después supe que empataron 1-1 ¿Fue mejor el complemento? ¿A alguien se le ocurrió patear al arco?

La Copa Libertadores pareció más enferma que yo.