Barroso, Lanaro y los penales
Resultó entretenido el clásico...


Resultó entretenido el clásico en San Carlos de Apoquindo entre Universidad Católica y Colo Colo. Al final, el empate 2-2 fue justo. Aunque los albos desarrollaron un mejor fútbol, el elenco local luchó hasta final, obteniendo la paridad más por empuje y coraje que por armonía y sincronización de sus líneas.
La tabla del Torneo Apertura se fracturó con los resultados de la fecha y ahora solo cuatro equipos lucharán por el título. Gracias al punto obtenido, los cruzados quedaron a dos unidades de los líderes Unión Española e Iquique, junto a O'Higgins en un bloque de dos expectantes escoltas. De estos cuatro, saldrá el campeón. También quien ocupe el segundo lugar. Cosa no menor, ya que tal colocación brinda un importante acceso a la próxima Copa Libertadores.
La discusión de lo acontecido en el reducto de la UC se circunscribe, más allá del análisis futbolístico de fondo, a dos jugadas en particular. De atrás para adelante en el desarrollo del partido, el penal de Julio Barroso a Diego Buonanotte, que significó el empate 2-2 de Nicolás Castillo para el local. La falta idéntica de Germán Lanaro a Octavio Rivero, que Esteban Paredes desvió desde los 12 pasos, dilapidando la chance de marcar el 3-1 parcial de Colo Colo.
Después del partido, Barroso fue muy cáustico con la sanción del árbitro Eduardo Gamboa. En sus declaraciones se equivocó el zaguero argentino. Tanto, como en la marca a Buonanotte: con el volante corriendo hacia el costado, y en la esquina del área, le dio un leve empujón en la espalda. Una acción innecesaria, si la jugada no revestía ningún peligro.
Tal vez, el estrés de la competencia lo hizo equivocarse. El ambiente estaba al tope en San Carlos y los futbolistas no son estatuas invulnerables al poderoso influjo del entorno. Lo concreto es que Barroso olvidó uno de los elementales Principios de juego defensivos (conductas que hacen eficaz la protección de la propia portería): "No golpear (empujar) al rival de espalda al arco".
Cuando resulta imposible la anticipación del delantero rival, el defensor está sonado: debe permitir la recepción de este y su labor se circunscribe a impedir que gire, obligándolo a jugar hacia atrás o, en el peor de los casos, para los costados. Pero nunca darle un empujoncito por la espalda. Menos dentro del área.
Con Lanaro sucedió algo similar, aunque el tono de la jugada es un poco diferente. Ante una escapada de Rivero, directo a enfrentar a Cristopher Toselli por el eje de la cancha, el argentino también incumplió otro Principio de juego defensivo: "Rebasar y enfrentar al delantero" (en la persecución de un atacante, quien defiende debe traspasar la línea de este y solo ahí iniciar la intervención defensiva).
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Tal vez sobreexcitado también por el contexto, Lanaro antes de llegar siquiera a la misma altura de Rivero le lanzó un manotazo al cuerpo y el charrúa cayó desplomado dentro del área. Al colocolino le restaba aún la oposición de Toselli para convertir, lo que habría demorado un instante su resolución, dándole pie al zaguero para la acción defensiva. Sin embargo, el cruzado se apuró, cometió la infracción y además se tuvo que ir expulsado.
Dos penales evitables, que marcaron el desarrollo del clásico. Acciones de juego que reafirman la convicción de que los zagueros centrales deben ser tipos pensantes, cautos, descifradores del diseño ofensivo oponente. En todo caso, articular estos atributos con rasgos de agresividad futbolística, espíritu de lucha y liderazgo, a veces, resulta complejo.