Lo que amamos del deporte

Pocas cosas mueven tanto a la gente, para bien o para mal, como el deporte. Mucho se ha debatido, reflexionado y escrito al respecto. Y aunque algunos prefieren las explicaciones facilistas del tipo “idiotiza a la gente” o “con eso se olvidan de los temas realmente importantes”, calificando automáticamente de subnormal a cualquiera que se interese en los deportes, creo que es mucho más interesante detenerse a pensar en qué es lo nos lleva a amar este mundo.

Mucha gente se apasiona con el deporte simplemente por el placer que éste le produce. Por la mera belleza del juego. Quienes practican o practicaron alguna disciplina tienen una mayor capacidad de apreciación de la misma, pero no sólo ellos pueden disfrutar, porque un gol de taco como el que hizo el japonés Endo en el Mundial de Clubes, alguna sutileza de Roger Federer o los prodigios que vemos realizar a los gimnastas en los Juegos Olímpicos no dejan indiferentes a nadie y hasta nos emocionan.

También los valores que el deporte entrega son un motivo muy importante para que mucha gente lo considere tan importante en su vida. El trabajo en equipo, el respeto por el rival o el espíritu de superación son elementos que el deporte promueve y que son extrapolables a cualquier área de la vida.

También está, sobre todo en los deportes colectivos, la búsqueda de identidad. Hay personas que se la pasan encontrando todo malo en su país, pero juega la selección nacional y se enloquecen. Cuesta entenderlo, pero pasa.

El sentido de pertenencia también se refleja en el apoyo al equipo de la ciudad de la que provengo, o de la universidad en que estudié, o incluso de la religión con la que me identifico (la rivalidad Celtic-Rangers en Escocia sería el caso más icónico de esto), de la clase social a la que pertenezco (Boca-River, por ejemplo) y hasta de la ideología, porque hay equipos, sobre todo en Europa, muy identificados con la izquierda o la derecha.

Mucho se ha dicho también que hoy la gente encuentra en el deporte los héroes que antes encontraba en los guerreros. No es que lo conflictos bélicos hayan desaparecido, pero hoy la guerra ya no es vista como un medio legítimo de dirimir diferencias, como sí ocurría hace algunos siglos. Y sin embargo seguimos necesitando ídolos, entonces los buscamos en el deporte.

En lo personal, todas esas me parecen razones más que válidas, pero a mí lo que más me atrae del deporte es otra cosa: la incertidumbre.

En la vida hay pocas sorpresas. Y muchas veces son desagradables. Si el hijo de un político maneja borracho y atropella y mata a alguien, sabemos que no le va a pasar. Si dos o tres empresas se coluden, sabemos que lo peor que les va a pasar es que manden a sus ejecutivos a clases de ética o que paguen una multa que equivale al 1% de lo que ganaron ilegítimamente.

Si Arjona saca un nuevo disco, sabemos que va a ser malo…

Siempre me acuerdo de una Copa Davis en Rancagua en la que mientras esperábamos el inicio de los partidos con el gran colega Andrés Solervicens yo mataba el tiempo jugando con mi celular. De repente, exclamo: “¡Nooo, otra vez me ganaron los malos!”. Y el buen Soler me replica: “Salas, en la vida siempre ganan los malos…”

Tenía razón. Y por eso me gusta el deporte, porque aunque allí existe eso que llamamos “la lógica”, a veces también ganan los buenos, a veces pierden los poderosos…

El Alcorcón le mete cuatro al Real Madrid. Buster Douglas noquea a Mike Tyson. Guga Kuerten gana Roland Garros siendo 66º del mundo y sin haber ganado nunca antes un título del circuito principal… Esas cosas no pasan todos los días, pero pasan.

Nunca se me olvidó el Preolímpico de fútbol del ’92, jugado en Asunción, cuando Paraguay necesitaba ganarle a Colombia para avanzar a la fase final, pero sólo empató y quedó dependiendo de que en el partido de fondo en el Defensores del Chaco, Brasil –que tenía a Roberto Carlos, Cafú, Márcio Santos y Marcelinho Carioca, entre otros- no le ganara a Venezuela, en la época en que a la Vinotinto la goleaban todos. Se fue todo el público, era imposible que Brasil no ganara. Pero empató 1-1, Paraguay avanzó y terminó ganando el torneo.

Más cercano en nuestros recuerdos: Nicolás Massú buscaba su primer título ATP en la final de Buenos Aires 2002, pero el argentino Agustín Calleri lo barría con un 6-1 y 5-1 que sumado a los calambres que empezaba a sentir el viñamarino hacían imposible pensar en un desenlace distinto a ver al local levantando la copa. Pero Massú salvó dos puntos de partidos, ganó el segundo set en el tie-break y terminó saliendo del Buenos Aires Aires Lawn Tennis Club con el puño en alto.

Para creer que el Leicester City ganaría el título de la Premier League en la temporada pasada había que estar muy borracho. Leigh Herbet lo estaba y por eso se presentó en una casa de cambios y apostó cinco libras esterlinas a que su equipo sería campeón. Terminó cobrando unos 25 millones de pesos chilenos…

Y ni siquiera es necesario que el chico le gane al grande para disfrutar de estas sorpresas maravillosas, a veces pasan cosas que nadie espera cuando se enfrentan dos poderosos: como cuando Alemania le hizo siete goles a Brasil en el último Mundial.

Esa excitación de lo impensado, ese pálpito de lo imposible, ese temblorcillo que presagia lo que no puede ocurrir pero tal vez ocurra es lo que en mí se despierta cada vez que siento el llamado del deporte.