AS COLOR | NÚMERO 238

Nadie besa a los perdedores

Andy Murray y los Chicago Cubs fueron algunos de los grandes triunfadores del deporte en 2016, pero hasta hace poco formaban parte de una extensa lista: la de los eternos segundones.

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LeBron James, Bill Murray y Andy Murray.

Hasta hace unos años, Andy Murray, ganador en la actualidad de tres Grand Slam, 14 Masters 1000, dos oros olímpicos y número 1 de la ATP, era considerado un perdedor. Nadie dudaba de su calidad como tenista, pero sí de su capacidad para trascender en los momentos claves, para pasar de ser un buen deportista a uno genial, para convertirse en un convincente ganador de los títulos más importantes. Sus detractores defendían su tesis con hechos, principalmente cuatro: las palizas en tres sets que le dio Roger Federer en las finales del US Open 2008 y el Australian Open 2010, la paliza en tres sets que le dio Novak Djokovic en el partido por el título del Australian Open 2011 y la remontada de nuevo del tenista suizo en la final de Wimbledon 2012, que elevaba hasta 76 años consecutivos la cifra sin triunfos británicos en el cuadro individual masculino del histórico torneo londinense. El último en ganarlo fue Fred Perry antes de dedicarse a vender polos y camisas con un laurel bordado en el pecho y al tenista escocés ni siquiera le salvaban sus ocho títulos de Masters 1000 de entonces. Era un perdedor: de diez presencias en semifinales de Grand Slam, el resultado era cero títulos, ninguna botella de champán. “El tenis es un deporte de perdedores”, que diría McEnroe, ganador de siete Grand Slam, perdedor de otros cuatro, semifinalista en otras ocho ocasiones más.

Perseverar es el verbo favorito de los perdedores, cabría añadir.

Cantaba José Ignacio Lapido eso de “nadie besa al perdedor”, pero no siempre es así. La mística del deporte está llena de eternos segundones, de leyendas que se sitúan por encima del primer cajón del podio o de las medallas de oro. El ciclista Raymond Poulidor es el más grande de ellos. Pou Pou tuvo muchas virtudes, su facilidad para escalar grandes montañas, entre ellas; y un gran problema: coincidir en su época con Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Louison Bobet, Federico Martín Bahamontes, Luis Ocaña o Bernard Hinault. Pese a haberse adjudicado 189 triunfos, entre ellos una Vuelta a España, siete etapas del Tour de Francia, una Milán – San Remo, dos París – Niza y dos Dauphiné Libéré; Poulidor figura en los almanaques de la historia deportiva por su condición de perdedor: nunca logró portar el maillot amarillo de la ronda francesa y su palmarés en las grandes vueltas se adorna con tres segundos puestos y cinco terceros puestos en el Tour de Francia. Otra segunda posición en la Vuelta a España y un segundo puesto y tres terceros puestos en el Mundial de Ruta cierran las razones de la condición de perdedor del francés, que sin embargo logró algo más importante que los éxitos deportivos: convertirse en uno de los ciclistas más queridos del público. Se cuenta, incluso, que Anquetil, su gran rival en la década de los sesenta, se acordó de él antes de entrar en el coma producido por un cáncer de estómago y que acabaría con su vida el 18 de noviembre de 1987 cuando tenía 53 años de edad. “Te he vuelto a ganar: me voy antes que tú”, le dijo el cinco veces ganador del Tour. Aunque habrá que suponer que la muerte no puede considerarse como una victoria.

Raymond Poulidor

El dramatismo absoluto

En el mundo del deporte hay numerosos perdedores recurrentes (la selección holandesa de fútbol, tres finales de Mundial jugadas, tres perdidas; la Juventus de Turín, 20 años ya sin ganar la Champions y seis finales perdidas; y un amplísimo rastro de nombres que a todos se nos vienen a la cabeza) y también hay perdedores que parecen salidos de una novela de ficción. Stirling Moss, Jean Van de Velde o Dorando Pietri pertenecen al segundo tipo. A Moss se le puede considerar el Poulidor de la Fórmula 1. No en vano, el piloto inglés, que en 1977 recibió de parte de la Federación Internacional del Automóvil la medalla de oro al ser considerado como el mejor piloto de la historia que nunca ganó un campeonato, subió al podio en siete de los once mundiales que disputó, pero nunca como campeón. En total, cuatro segundos puestos y tres terceras posiciones. “Son esas fracciones (de segundo) las que marcan la diferencia entre un gran campeón y un genio absoluto”, dijo en referencia al campeonísimo Juan Manuel Fangio. Y, quizá, sin pretenderlo, también definió con esa frase su trayectoria.

Las historias de Jean Van de Velde y Dorando Pietri, en cambio, rozan el drama absoluto. El primero de ellos fue un golfista francés que sumó siete títulos como profesional y tuvo su mayor momento de gloria en el British Open 1999, disputado en el Carnoustie Golf Links. En aquel mes de julio de final del siglo XX, el golfista francés comenzó la última jornada con cinco golpes de ventaja sobre sus perseguidores y afrontó el último hoyo del torneo con tres golpes de ventaja y acariciando con las dos manos (o una mano y media, visto lo que ocurrió después) su primer major. Sin embargo, tras una salida decente, Van de Velde, roto por los nervios de ver tan cerca la gloria, comenzó con su segundo golpe la que se conoce como la mayor catástrofe de la historia del golf. Primero, se pasó el green y acabó en el deep rough. Después, el golpe de approach se le marchó al agua. Por último, tras dropar, buscó la bandera y acabó mandando la bola a la arena del búnker. El francés logró salvar un poco la catástrofe y forzar al menos el play-off con Paul Lawrie y Justin Leonard, pero el triunfo final fue para el escocés ante un Van de Velde totalmente colapsado: su imagen quitándose los calcetines y los zapatos porque quería jugar la bola desde dentro del agua es una de las más icónicas y recordadas de este deporte. “Esto es sólo un juego, en 100 años nadie se va a acordar”, manifestó en rueda de prensa el francés al terminar el torneo. Para su desgracia, han pasado ya 17 años y la gente se sigue acordando de ese maldito hoyo en el legendario campo escocés.

Por su parte, de Dorando Pietri la gente también se sigue acordando, si bien para contar su historia hay que remontarse a los Juegos Olímpicos de Londres 1908. Tras destacar por primera vez cuatro años antes al superar en una carrera vestido con su ropa de trabajo al campeón Pericle Pagliani, el italiano llegó a la maratón de la cita londinense, que comenzó el 24 de julio pasadas las dos de la tarde y bajo un asfixiante calor, con el único objetivo del triunfo. Tras empezar con un ritmo bajo, Pietri se situó en cabeza en el kilómetro 39 y parecía encaminado hacia la medalla de oro. Pero, víctima de la deshidratación y la fatiga, el atleta italiano tomó el sentido de la pista equivocado al entrar al estadio y, cuando los jueces le corrigieron de su error, el italiano cayó al suelo. Ayudado por los jueces, y tras caerse cuatro veces más al suelo, finalmente Pietri cruzó la línea de meta en primera posición tras 2 horas, 54 minutos y 46 segundos, si bien tardó más de 10 minutos en recorrer los últimos 350 metros de la carrera. Pero su medalla de oro fue efímera: la delegación estadounidense presentó una reclamación por la ayuda que recibió el italiano, que fue descalificado, dejando su primer puesto al norteamericano John Joseph Hayes. Una historia dramática que el genial novelista Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes y presente en el estadio, cubrió así para el Daily Mail: “¿Es posible que justo ahora, en este último momento, se le escape el premio de entre los dedos?”, se preguntó. Y prosiguió: “A medida que escribo me llega el rumor de que ha sido descalificado. Si es cierto, es una tragedia”. “Pero hay mejores premios que una medalla y una rama de roble”, concluyó en su crónica Conan Doyle sobre Pietri, esa “criatura diminuta con cara de niño” que, caprichos de la vida, se convirtió en una celebridad internacional después de perder la medalla de oro por descalificación.

Dorando Pietri

"El error junto al lago"

Y, hablando de perdedores y celebridades internacionales, mención aparte merece la ciudad estadounidense de Cleveland, el error junto al lago (“The mistake by the lake”), pese a LeBron James. De hecho, el título de la NBA cosechado por unos Cavaliers liderados por el hijo pródigo el pasado mes de junio supone la excepción a la regla de una verdad recurrente en Estados Unidos: el deporte profesional de la ciudad de Ohio está lleno de perdedores. Ejemplos no faltan: los citados Cavs únicamente contaban con dos finales (perdidas) de la NBA en sus 45 años de historia hasta su triunfo el curso pasado y los Browns, que no se adjudican un campeonato desde el año 1964, son considerados el equipo perdedor por unanimidad en las últimas dos décadas de la NFL y esta temporada van camino de convertirse en el segundo equipo de la historia que no consigue ganar ningún partido en la liga regular desde que las campañas cuentan con 16 partidos (llevan 0 triunfos y 14 derrotas, a dos derrotas para igualar a los Detroit Lions de 2008). Pero todavía hay más: los Indians, que no se llevan el título de la MLB desde 1948, regresaron el pasado mes de octubre a las Series Mundiales de béisbol tras diecinueve temporadas y, pese a ir venciendo por 3 partidos a 1, perdieron de forma consecutiva los tres últimos encuentros para acabar siendo derrotados por el equipo perdedor de perdedores de la MLB (y de todo Estados Unidos, para desgracia de Bill Murray, su mayor fan), los Chicago Cubs, ocho Series Mundiales perdidas, 108 años sin alzarse con el título, maldición de una cabra mediante.

Bill Murray ahora sonríe en Wrigley Field. Algo ha cambiado para siempre, parece ser.

Ya lo dice el calendario maya: 2016 es un año de transformaciones, un año en el que lo establecido se viene completamente abajo. Murray es número 1 de la ATP, los Cubs han ganado las Series Mundiales, Gran Bretaña se ha ido de la Unión Europea, Trump es el presidente electo de los Estados Unidos… Sin que sirva de precedente, apuntaos una victoria, mayas. Porque nadie besa a los perdedores.