Arreglo de partidos

Mientras en la elite del tenis mundial Roger Federer pide que se destinen mayores recursos para la lucha contra el dopaje y arrecian las críticas contra la ATP luego que The Times publicara que en el Masters 1000 de Shanghai no hubo controles preventivos, a muy menor escala, en los torneos Futuros de fin de año en Talca y Santiago, se desató la controversia por un presunto amaño de partidos. Los chilenos Juan Carlos Sáez y Ricardo Urzúa estarían bajo sospecha.

La historia no es nueva. Hay más de una decena de jugadores castigados en los últimos años. A comienzos de diciembre la Guardia Civil española detuvo a 34 personas, entre estas, a siete tenistas ubicados entre los puestos 800 y 1400 del ranking ATP por arreglar partidos y defraudar a la casa de apuestas Bet365. Tres años antes, otro jugador hispano, Guillermo Olaso fue sancionado por cinco temporadas al ser declarado culpable del mismo delito.

Entre los tenistas más conocidos los italianos Potito Starace y Daniele Bracciali corrieron la misma suerte. También Daniel Koellerer, el tipo más odiado del circuito por sus rabietas y malos modos. "La ATP destrozó mi vida", diría después el austríaco al enterarse del castigo que liquidó su carrera a los 27 años. Los tres compartieron el tour con Fernando González y Nicolás Massú.

Basta darse una vuelta por Google para conocer un poco más de estos y otros casos. Si hasta el mismísimo Novak Djokovic admitió que al inicio de su carrera le ofrecieron dinero, a través de la gente de su entorno, para dejarse perder. Según la BBC, que tuvo acceso a una investigación sobre el tema, los mayores flujos de apuestas provenían de Rusia, el norte de Italia y Sicilia.

En este amplio contexto, por la dimensión de las sanciones, cualquier sospecha debe ser tomada con pinzas. No es justo para Sáez y Urzúa o cualquier otro jugador salir a la palestra. Por lo demás, si uno o ambos pierden un partido, por el resultado que sea y, eventualmente, ante jugadores de menor ranking, ello no significa que sean cómplices o hallan recibido plata por perder. En ningún caso. De un tiempo a esta parte la ITF ha llenado de circulares y mails a los jugadores profesionales advirtiéndoles sobre la mafia de las apuestas y los severísimos castigos a los que se exponen. Asimismo, de manera aleatoria, ha enviado veedores a los torneos e instruido a los árbitros y supervisores para denunciar cualquier acción sospechosa. Hoy todos los jugadores saben que están bajo la lupa y si son sorprendidos en actos irregulares significa el fin de sus carreras.

El tema es tan delicado que cualquier investigación en curso debe obviar públicamente los nombres de los jugadores sospechados. La presunción de inocencia, por la magnitud de las eventuales sanciones y el carácter antiético de la acción, tiene que prevalecer hasta el final. Las investigaciones deben ser llevadas con el máximo hermetismo. De lo contrario se daña la imagen de los jugadores.

Con todo, que hay gente ofreciendo plata, contactando jugadores a través de terceros, intentando engatusar a los deportistas es un hecho real, existe. Especialmente en los lugares más recónditos donde se juega tenis profesional. A un jugador, que en caso de ser campeón se embolsa 1.300 dólares, pueden llegar a ofrecerle tres mil euros por perder en primera ronda ante alguien de peor ranking. En algunos futuros de Egipto y Turquía la ITF ha hallado evidencia concreta.

Ahora bien, es importante señalar que tras este fenómeno subyacen varias contradicciones en el mundo de los futuros. Los premios son insuficientes para solventar los gastos mínimos de los jugadores, la infraestructura de ciertos torneos deja mucho que desear e incluso, hilando más fino, se ve algo raro que la ITF sea auspiciada por Betway, una casa de apuestas formal, si a los tenistas de la etapa primaria del circuito no les alcanza la plata para vivir de este deporte. Afortunadamente, a contar de 2017 los futuros más básicos subirán sus premios a 15 mil dólares por torneo.

La relación de gastos e ingresos en los futuros arroja números rojos para los jugadores en el 99 por ciento de los casos. Si hay pasajes aéreos, traslados internos, alojamiento, alimentación y encordados de por medio, no hay premio que valga a menos que un tenista llegue a dos finales en semanas consecutivas. Eso, viajando dentro de Sudamérica y para empatar porque si hay que cruzar el Atlántico y los torneos son en Europa mejor ni hablar. No le alcanza ni a Mandrake el mago. Esto los operadores truchos lo saben e intentan corromper el circuito más permeable. Tal como dijo Andy Murray en Wimbledon hace un par de años no puede ser que un campeón de un futuro deba poner plata de su bolsillo para vivir de este deporte.

El tenis es una especialidad altamente compleja de financiar para los jugadores que están fuera de los 200 primeros del mundo. Un botón de muestra, cercano, de los nuestros. Jorge Aguilar se retiró a los 30 años, después de jugar Copa Davis, preferentemente a nivel de challengers y habiendo clasificado una vez al cuadro final de Roland Garros, con un Chevrolet Sail de cuatro millones y medio de pesos como único patrimonio. Nada, un saldo ridículo para 13 dignos años de carrera.

Si un jugador cualquiera, aun estando necesitado económicamente, recibió plata por perder no corresponde, es impresentable. Si, alguna vez, pensó aceptar unos dólares por ceder un set, perder su saque o hacer una doble falta ante un rival netamente inferior –hoy se puede apostar hasta cuando el jugador respira– tampoco lo comparto ni justifico, pero puedo llegar a entenderlo como acto de supervivencia financiera. Sería, en algún sentido, parecido a lo que ocurre en el fútbol con los incentivos por ganar. En este caso, ganando pero bajo ciertas condiciones. El problema es que es un delito y no se puede tolerar.

Conclusión: el chancho está mal pelado y hay que mejorar urgente los premios de los jugadores, pero la pelotita verde no se mancha.