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113

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Rafa Nadal sufre, pero jugará la final soñada ante Federer en Australia

ABIERTO DE AUSTRALIA

Rafa Nadal sufre, pero jugará la final soñada ante Federer en Australia

El domingo (05:30), Nadal reeditará el clásico con el suizo tras ganar a Dimitrov 6-3, 5-7, 7-6 (5), 6-7 (4) y 6-4 en una batalla tremenda que duró casi cinco horas.

Hacía tanto tiempo... 965 días. O lo que es lo mismo, 138 semanas. O 32 meses. O más de dos años y medio. Se cuente como se cuente, demasiado tiempo sin ver a Rafa Nadal en la final de un Grand Slam. Fue en Roland Garros 2014 y acabó ganando el último de sus 14 'grandes'. Echando paladas de tierra sobre los que pretendían enterrarle, después de derrotar en un partido al borde del infarto a Grigor Dimitrov por 6-3, 5-7, 7-6 (5) y 6-4 en 4h:48, discutirá este domingo (05:30 horas de Chile) el título en Melbourne reviviendo el clásico contra Roger Federer. La final soñada. La de los resucitados. Uno con 30 años y tras dos meses y medio parado por una lesión en la muñeca izquierda y otro de 35 y tras purgar seis meses de inactividad por problemas en una rodilla.

Pero romper tanto tiempo de espera no podía ser fácil. Nadal tuvo que resolver la semifinal ante el búlgaro en una batalla llevada al límite, como en los viejos tiempos, que se decidió en un quinto set brutal, angustioso, con un break en el décimo juego. Con golpes maravillosos, con Dimitrov ganando puntos hasta de espaldas y con Nadal levantando a la grada con manotazos imposibles. "¡Vamos, vamos, vamos!", gritaba para insuflarse fuerza. Todavía necesitó de tres puntos de partido al saque para ganar en un partido inolvidable. Se tiró al suelo boca abajo y subió al paraíso. Está donde quería. Donde sabía que podría volver.

Rafa Nadal mostró ante el número 15 del mundo, de 25 años y que se presentaba en la segunda semifinal de Grand Slam de su carrera tras Wimbledon 2014, la determinación que le ha hecho volver a provocar temblores en el vestuario. Cuando se vio por abajo, tiró de corazón. De entrada, el esquema estaba claro y le había dado resultado siempre. Envió al búlgaro de fino revés a una mano (el mismo que luce el suizo...) bombas a ratos altas y a ratos muy profundas para incomodarle. Y se llevó el primer parcial como un ciclón.

Pero el segundo set lo disputaron los dos subidos en un carrusel emocional. Un Dimitrov de dulce se aprovechó de la falta de profundidad de los golpes de Nadal, que perdió fuelle (llegó con más de diez kilómetros a la semifinal), y de los fallos con un arma que le había hecho menos vulnerable, el segundo saque. Ganó sólo un 29% (4/14) de puntos con segundos. Tras remontar dos breaks, el español neutralizó cuatro bolas de set con 4-5 en un juego que se extendió más de diez minutos. Pero el búlgaro perseveró y a la quinta bola logró la rotura definitiva (5-7).

Con menos chispa en las piernas y en los golpes, en el tercer parcial cobró sentido la frase que dijo hace tiempo Toni Nadal: "Rafa es posiblemente el jugador que más partidos gana jugando mal". Estaba solo regular, por debajo del nivel de otros días. Tocaba apretar. Se puso por delante (3-2) y se dejó igualar (3-3). Pero en la muerte súbita tiró de experiencia y sangre fía. Se presentó en el trance con 333 tie-breaks a sus espaldas y un 60% de efectividad, por los 169 del búlgaro (44%). Y no se le encogió el brazo.

Pero Dimitrov no había dicho su última palabra. Con los dos enchufadísimos, elevando el nivel de juego a una intensidad brutal, el búlgaro consiguió aguantar hasta otro desempate que jugó, esta vez sí, como un veterano (4/7), ajustando bolas con precisión milimétrica que hicieron necesario tirar del Ojo de Halcón. Tocaba seguir sufriendo camino de las cuatro horas.

Federer debía frotarse las manos en su hotel mientras les veía irse a un quinto set. Sin posiblidad de tie-break. Ahí se mataron a palos Nadal y Dimitrov. Pero como casi siempre, en la frontera del asalto definitivo, en ese en el que los boxeadores miran de frente a la muerte, él tuvo más aguante. Y levantó los brazos. El clásico Nadal-Federer está servido. No se daba en una final de Grand Slam desde Roland Garros 2011. 2.066 días. 295 semanas. 68 meses. Más de cinco años y medio. Demasiado tiempo, sí. Mereció la pena la espera.

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