Inmortales

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“Si hubiera empate en el tenis, lo habría aceptado”, dijo un emocionado Roger Federer en la ceremonia de entrega de premios pocos minutos después de conquistar su decimoctavo título de Grand Slam. La épica final de Melbourne tenía demasiado en común para los dos jugadores más relevantes en la historia del tenis. La mayor rivalidad de todos los tiempos tuvo una máxima expresión de equilibrio, talento y pasión. Roger lo sabía y simbólicamente le ofreció tablas a Nadal a quien, hasta ese minuto, se le notaba a kilómetros su frustración.

Federer y Nadal son distintos. No solo porque el suizo es cinco años mayor sino porque sus estilos difieren enormemente. El helvético es talento puro, tiene clase, fluidez en sus tiros y un arsenal completísimo de recursos. Saca como los dioses, tiene una derecha letal, le pega de sobrepique como nadie, volea formidable y ejecuta con notable elegancia el revés a una mano. Nadal, en cambio, es un competidor inigualable, un portento físico, un tipo que si puede aplastarte lo hace sin miramientos y, mentalmente, es el mejor de todos. Obviamente también tiene un enorme talento, con su propia técnica y argumentos. De eso y mucho más vimos este domingo inolvidable en el Rod Laver Arena.

Sí, mereció ser empate.

Federer y Nadal son dos buenos tipos. Aunque al español siempre le costó más asumir las derrotas. De hecho, cuando Fernando González le dio un baile en los cuartos de final de Australia 2007 se justificó diciendo que había jugado con una contractura en los aductores. Con el tiempo, Rafa mejoró aquella faceta que estaba condicionada por su mentalidad ganadora. El domingo estaba desolado. Su decepción era evidente, pero bastó que subiera al escenario para recibir la bandeja de plata del subcampeón para que cambiara el rictus y llenara de elogios a Federer. Deportivismo total.

Federer y Nadal se respetan e idolatran mutuamente. Saben que han construido sus respectivas leyendas en función de sus enormes logros, pero también en un contexto de profunda rivalidad. Su relación no es protocolar ni está en las antípodas, como Sampras y Agassi, quizá el único antagonismo comparable. Ambos no escatiman las alabanzas hacia el otro y son capaces de reunirse en eventos benéficos o, por ejemplo, en el lanzamiento de la academia de Rafa en Mallorca.

¿Y si solo por hoy el partido hubiese quedado en empate? Ñuco, como decimos en el club de tenis.

A quienes seguimos de cerca las carreras de Marcelo Ríos, Nicolás Massú y Fernando González resulta inevitable vincularlos a Federer y Nadal. Cada uno a su manera y en distintas dimensiones. Roger es un confeso admirador del Chino y contemporáneo en juniors de Fernando González, a quien venció en la final de Australia hace una década. Cuando Massú ganó los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, el suizo era el primer favorito del cuadro (perdió con Berdych) y a esa altura ya había ganado dos Grand Slam (Wimbledon y Australia). Nadal, a su turno, evitó que el Bombardero ganara la medalla de oro en Beijing 2008. Si González se retiró sin un título en torneos Masters 1000 fue porque se topó con Federer y Nadal en varias semis y otras tantas finales.

La imagen en el postpartido de Federer, Nadal y el mítico Rod Laver, quien da nombre al court central del Melbourne Park, fue una postal perfecta del podio de los tres mejores jugadores de la historia. Hoy cuesta mucho imaginar a un jugador que sea capaz de ganar los cuatro grandes en una misma temporada. Laver lo hizo, dos veces en los sesenta. Eran otros tiempos, pero hasta ahora y de seguro que por muchos años más, se trata de una marca difícilmente igualable (Djokovic ganó tres de cuatro en 2011 y los cuatro en línea, aunque en distintas temporadas, entre Wimbledon 2015 y Roland Garros 2016).

Al agradecer el apoyo del público australiano, Federer dijo que esperaba volver el año entrante, pero dio a entender de que si eso no ocurría lo recordará por siempre. En 2002 Sampras ganó el US Open con 31 años y luego de alzar su decimocuarto major se retiró. ¿Será que Roger está esperando hacer lo mismo en Wimbledon o el US Open? Con el nivel que jugó ante Nadal es firme candidato en Londres y Nueva York.

Pareciera haber consenso respecto a que Federer es el más grande de todos. Si alguien tenía dudas, en Australia volvió a establecer una marca extraordinaria: el campeón más longevo de la historia. Con 18 grandes en su palmarés, Roger se escapó, tomó ventaja de cuatro títulos sobre Nadal. Por eso lo de Melbourne era tan importante, ya que un triunfo de Rafa lo hubiera dejado a tiro de cañón, con solo dos campeonatos menos y varios años por delante, para darle caza. Desde hace algunas horas la diferencia se amplió de tres a cuatro títulos.

La gran noticia para el mundo del tenis y sus alrededores es que ambos están de vuelta. Federer jugando un tenis superlativo y capaz de ganar un decimonoveno major si mantiene el nivel, Nadal en un estado de forma soberbio que lo hará llegar como gran candidato a Roland Garros, el patio de su casa. Con respeto para Murray y Djokovic, dos pedazos de jugadores, el mejor tenis del mundo está de vuelta… Y ojalá por mucho tiempo más.

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