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Todos somos Barcelona

Todos somos Barcelona

Acabo de dejar a mi hija en el colegio y en el trayecto de vuelta a casa le doy vuelta al tema de esta columna. Vengo pensando desde anoche y aunque no está difícil porque la nómina de Pizzi deja en evidencia que sigue fiel a su librito, aunque con el matiz de un eventual regreso del Mago Valdivia, y las cartas parecen echadas, no me logro concentrar. Es más, confieso que escribí un par de párrafos sobre la Roja y los eliminé. Rodrigo Sarriá, editor de ADN Deportes, que por una de esas casualidades de la vida se bajaba de un tren en Barcelona ayer a la hora del primer atentado, acaba de enviar al chat de whatsapp de la radio un video que muestra un memorial por uno de los 13 fallecidos en Las Ramblas, un niño de tres años cuya tía intentó salvar tomándolo en brazos mientras la furgoneta terrorista avanzaba a toda velocidad por la peatonal. El pequeño murió mientras que la mujer permanece en estado crítico. La madre del menor y otra hija escaparon de milagro. No pude seguir escribiendo de fútbol.

Será que uno como padre se sensibiliza demasiado con estos hechos o que me condicionan mis múltiples coberturas en Europa cubriendo torneos de tenis en los 90 y a comienzos de este siglo siguiendo a Ríos, González y Massú en las mismas ciudades asoladas por el terrorismo en los últimos años. Quizá me estoy poniendo viejo. Y si me hubiera tocado a mí. O a un cercano. O a un chileno que pasaba por ahí. Da igual, todas las vidas valen lo mismo y no puede ser que algunos, enarbolando la causa que sea, decidan ponerle fin de una manera tan horrorosa. El terrorismo tiene múltiples orígenes, ha existido siempre, va mutando, cambiando su ideología, financiamiento, modo de operar y objetivos. Es un fenómeno con raíces tan profundas que seguirá existiendo. La historia está repleta de pésimas decisiones políticas de los gobiernos de occidente, de intervenciones militares sin ninguna justificación que fueron caldo de cultivo para la irrupción de estos grupos. A esta altura no hay nada que hacer. ISIS, sus células organizadas y lobos solitarios están completamente activos. Solo queda esperar el próximo golpe. Así de crudo.

Seguro habrá quienes digan que los bombardeos en Siria, muchas veces desprolijos, que cobran vidas inocentes, también constituyen una forma de terrorismo, en este caso de estado. Y la prensa occidental lo ignora. Es cierto. Pero no se trata de empatar. No es el punto. Esta reflexión, de un periodista que mañana quisiera volver a caminar tranquilo por las calles de Paris esperando el debut de Jarry, Garín y Lama en Roland Garros, apunta a mirar el mundo en perspectiva, aprender de estas tragedias, empoderarnos y exigir a nuestros líderes mejores políticas en la materia y mayores medidas de protección civil. No cabe duda que será insuficiente pero si la ocurrencia de estos hechos disminuye algo habremos avanzado.

Pensar que ayer hasta las cinco de la tarde de Barcelona y entre los futboleros de todos el mundo solo se hablaba de la crisis del equipo de Messi tras la abrumadora supremacía del Madrid en la Supercopa. En lo perjudicial de la partida de Neymar y la falta de timón del club. En dos minutos todo cambió. El fútbol y sus millones dejaron de importar en lo más mínimo. Alexis y Bravo, dos de los nuestros, que pasaron grandes momentos profesionales y personales en esa ciudad, no tardaron en solidarizar con las víctimas y enviar un mensaje de ánimo y esperanza. En situaciones límites, momentos de aflicción, recogimiento, los futbolistas demuestran que son gente tan normal como cada uno de nosotros.

La vida corre a un ritmo vertiginoso y tendemos a olvidar lo que va sucediendo, pero hace menos de tres meses en Manchester hubo 22 muertos y un centenar de heridos en el concierto de Ariana Grande. Al recital asistió la mujer de Guardiola con una de sus hijas y, probablemente, ahí habría estado Claudio Bravo con su familia si no hubiera tenido que venir a Chile para integrarse a la selección que jugó la Copa Confederaciones (donde hubo enormes dispositivos de seguridad). Estas cosas, están ocurriendo con una frecuencia mucho mayor de la que se tenga registro. Por lo visto, en Europa, al menos por un tiempo, no podremos estar ciento por ciento seguros en ningún sitio. Es lo que busca el terrorismo, amedrentar. Y si bien la inmensa mayoría de la gente se rebela y a las pocas horas sigue viviendo como si nada hubiese ocurrido, al tiempo que los gobiernos procuran dar potentes señales de normalidad para no incentivar el efecto propagandístico del hecho, el germen de la inseguridad ya se instaló.

Como añoro cuando camino a Roland Garros, bajándome de la línea 10 de metro, a 200 metros del club, podía bromear con un africano para saber cuánto valía una entrada en la reventa o detenerme a una cuadra del recinto para comer un panini o comprar un tradicional jus d’orange. Hoy nada de eso se puede, tampoco sacar fotos o detenerse a hablar por teléfono. Hay policías y militares custodiando el complejo y sus inmediaciones. El público y los periodistas debemos caminar sin pausa, con bolsos pequeños y entrada o credencial en la mano. La seguridad para la población civil en el mundo occidental cambió.

Perdón la digresión. Pero hoy todos somos Barcelona.

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