Atlético venció por la mínima al Alavés de Maripán

ATLETICO, 1 - 0, ALAVÉS

Atlético venció por la mínima al Alavés de Maripán

Atlético venció por la mínima al Alavés de Maripán

JUAN MEDINA

REUTERS

Con una solitaria conquista de Fernando Torres, los rojiblancos quedaron segundos en la Liga. Guillermo Maripán fue titular y cumplió un buen partido.

Madrid

Había pasado lo de siempre. El Niño acababa de salir a calentar, junto a Carrasco, y el aire comenzó a rugir distinto. Más alto, más Lololololo, más espeso, como si pesara más. Porque era el último partido del año en el nuevo estadio del Atlético y, tres meses después, el los pasillos del Wanda Metropolitano están ya llenos de pisadas, perchas de las que colgar ya recuerdos, y esa sensación: cuando Torres sale a calentar la hierba se pone de punta. Todo puede pasar. Seis minutos después, Simeone lograba al fin darle a Abelardo ese gancho de izquierda que llevaba todo el partido buscando. Lo llevó en su bota Torres, tras (otro) centro de gol de Vrsaljko desde la derecha. Es su primer gol esta Liga. Y vale mucho: pone al Atleti segundo en la tabla, delante del Valencia.

Lo había avisado Abelardo (“no saldremos del autobús derrotados”) y no tardó en demostrarlo. A la tarde fría, friísima, pronto trató de subirle el termómetro. Porque Abelardo tiene probeta y un extremo fenomenal, Pedraza que en, el 4’, se colabra en el área de Oblak, caño a Savic mediante. Quedó en nada pero ahí quedaba. El aviso del Pitu. Del autobús bajaban con ganas de pelea. El Alavés definitivamente, con él en el banco, ya no sólo respira: vuelve a tener sangre. Presionaba, robaba y atacaba instantáneo. Los equipos parecían dos púgiles sobre la hierba. Estudiándose, buscando dónde dolía dar el primer golpe. Estuvo a punto Saúl, con un remate que se fue envenenando casi como quien no quiere la cosa. Es lo que tienen los genios. Les sale, no les hace falta ni buscarlo.

Thomas aún debe seguir buscándose, sin embargo, porque ayer, pegeado a la banda, nada terminó de salirle bien salvo una cosa: perder balones, como si la cal fuese a sus botas kryptonita. Para Gameiro sigue siendo la hierba del area chica rival. Tras una dejada de Griezmann, perfecta, tardó demasiado en sacar la pierna ante Pacheco y llegó Maripán y, claro, le quitó la pelota de la punta de la bota. Agua.

Mientras a Gil Manzano le quemaban las tarjetas en el bosillo tras amonestar de palabra y no amarilla a Simeone, dominaba el Ateleti en las botas de Gabi. Jugaba como con velcro en los pies. Todo pasaba por él, capitán infinito. Ninguno, sin embargo, terminaba en la red. Casi se le quebran los guantes a Pacheco con una doble ocasión desordenada. Intentó rematar Godín, dos veces Koke. Lo mismo, más agua. Replicaba Munir, con la última ocasión de la primera parte, una falta colgada sobre el área, que se estampaba en una pierna y dejaba una sensación en el aire: como si el partido del Alavés el año pasado en el Calderón no se hubiera terminado, como si fuese éste, en el Wanda Metropolitano. Para ganar a Aberlardo, Simeone iba a necesitar un gancho que fuese KO.

Intentó que se llamara Correa. Porque el descanso dejó en la ducha a un Thomas superado por Pedraza carrera sí, carrera también. Simeone buscaba romper el orden del Alavés con su desequilibrio de tango en la banda. Su cambio agitó el inicio de la segunda parte. Pero el marcador seguía lo suyo, el 0-0. El Atleti tenía la posesión pero era esteril, tener para nada. Le faltaba contundencia ante un Alavés que había plantado sus raíces profundas en el Wanda. Las probetas de Abelardo, de momento, más eficaces que el intento de gancho del Cholo.
Medrán, en el campor por Burgui, sacaba un penalti-córner a Filipe y Godín que fue casi
y el partido se aceleraba. Simeone pedía decibelios a la grada mientras pisaban verde Torres y Carrasco. Seis minutos después astillaría el muro del Alavés y el partido terminaría aunque aún le quedaran 25 minutos. El Atleti trató de dormir el balón y el Alavés atacó con más desesperación que tino. Pero el aire seguía lleno de ese no sé qué que sólo sabe pintar Torres. Lolololo, decía, mientras en una percha colgaba otro recuerdo: el primer gol de su Niño en el nuevo estadio en Liga. Y segundos. Volando. 

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