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Arley Méndez, un ejemplo de superación e integración

Arley Méndez, un ejemplo de superación e integración

El 19 de diciembre el Círculo de Periodistas Deportivos hará entrega del Cóndor de Oro al mejor de los mejores de la temporada 2017. Uno de los mayores reconocimientos que puede recibir un deportista chileno sin perjuicio de otras distinciones importantes como el premio nacional del deporte o el galardón del Comité Olímpico que acaba de recaer en María Fernanda Valdés, la pesista que se consagró campeona del mundo en halterofilia tras obtener la medalla de oro en envión (y plata en total olímpico).

El martes venidero hay grandes candidatos para quedarse con el premio: la propia María Fernanda, Pablo Quintanilla, campeón mundial de rally cross country, las hermanas Melita y Antonia Abraham, campeonas planetarias sub 23 de remo, Joaquín Niemann, número uno del ranking mundial de golf amateur, Claudio Romero, campeón mundial sub 18 y panamericano sub 20 del lanzamiento del disco y Arley Méndez, tricampeón mundial de levantamiento de pesas.

Todos, por cierto, tienen méritos evidentes. Incuestionables. Dominaron la escena con enorme jerarquía y pusieron el nombre de Chile en lo más alto del podio en un año inolvidable. Si se trata de elegir cuesta un montón, pero el caso de Arley Méndez posee componentes que lo sitúan en un estadio diferente, particular, inigualable. Por eso es el favorito de este columnista. Y es que tanto su historia de vida como su hoja de ruta deportiva responden a un guion único que después de muchísimas trabas tuvo un final no solo feliz sino que cinematográfico.

Méndez llegó a Chile en 2013, con apenas 19 años, para representar a Cuba en un Panamericano de levantamiento de pesas en Santiago. Pese a que su familia residía en la isla, desertó del equipo nacional y se radicó en Chile. Vivió de allegado en Iquique, luego se instaló en el hotel del CAR y libró una verdadera batalla para comenzar a representar a nuestro país. Entre medio, conoció a su mujer, la pesista Antonieta Galleguillos, y fue padre. Después de vivir indocumentado durante casi tres años y obtener recién en 2016 los papeles de residencia, a fines de mayo recibió la nacionalidad por gracia en votación unánime del Senado.

Para Méndez, sin embargo, nada ha resultado sencillo. Como se recordará en los Juegos Bolivarianos fue despojado de sus tres medallas de oro por no acreditar reglamentariamente su nueva ciudadanía. El reclamo de Venezuela y la posterior eliminación por secretaría fue el momento más triste de la delegación chilena en Santa Marta.

Con la amargura fresca y una razonable incertidumbre Arley se embarcó a los pocos días al Mundial de Halterofilia de California. Ahí debió esperar hasta que en la víspera de su debut le confirmaron que los papeles –el pase de la federación cubana y otros documentos– estaban en regla. Lo que para cualquier otro deportista hubiera sido un mazazo, un desgaste sicológico feroz para Méndez fue un aliciente, una motivación extra, una revancha de lo sucedido en Colombia. Así, y en un contexto infinitamente más competitivo que en los Juegos Bolivarianos, se colgó nuevamente tres medallas doradas. Impresionante. Una señal inequívoca de que estamos en presencia de un potencial campeón olímpico o, a lo menos, medallista en Tokio 2020.

Méndez representa lo mejor de aquellos migrantes que se afincaron en Chile bajo el anhelo de un futuro mejor. Fue intuitivo, trabajador, perseverante y se la jugó en distintos ámbitos. Formó una familia y continuó desarrollándose en su deporte con altísimos objetivos. Hace unos días cuando le preguntaron por las razones de su gran rendimiento dijo “es que me saqué la chucha entrenando”. Así, nomás: ser y parecer. Arley es hoy un chileno de tomo y lomo.

Entre sus muchas tareas, el nuevo presidente tendrá que abordar el tema de los migrantes con profunda determinación. El universo de extranjeros ha crecido exponencialmente en los últimos años y las políticas públicas en la materia son insuficientes y deben actualizarse permanentemente. Arley Méndez, es un ejemplo, si se quiere extremo, de una historia bien resuelta. Es claro, no todos quienes llegan a Chile en busca de oportunidades son deportistas de elite ni se les concede nacionalidad por gracia, pero convengamos que el Estado siempre puede hacerlo mejor. Ante esta creciente tendencia y su carácter vinculante con el desarrollo de la sociedad chilena es una necesidad ineludible.

 

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