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Un final de infarto le dio el triunfo a Vikings sobre Saints

Vikings 29 – Saints 24

Un final de infarto le dio el triunfo a Vikings sobre Saints

Un final de infarto le dio el triunfo a Vikings sobre Saints

Hannah Foslien

AFP

Los Vikings perdían por un punto a falta de 10 segundos, cuando un pase de 61 yardas de Keenum a Diggs paró el mundo de la NFL en un instante fabuloso.

Ya no hablamos de milagros. Eso se ha quedado corto. Los imposibles no son nada después de lo que vimos el domingo en Minnesota, cuando a falta de 10 segundos los Vikings perdían 24-23 después de haber ido casi siempre por delante y se arrastraban en unos últimos segundos de agonía intentado llegar a ninguna parte mientras toda la grada era llanto y crujir de dientes.

Keenum tenía el balón en la propia yarda 39. La end zone rival estaba al otro lado del Atlántico y la patada a palos obligaba a sacar el balón de órbita. La defensa de los Saints maltrataba a la línea ofensiva de los Vikings que no le daba a su quarterback ni un segundo. Estaban lejos los primeros minutos de partido, cuando el marcador reflejaba un 17-0 cero a favor de los morados y Brees solo había completado un pase. Ya nadie se acordaba de las dos intercepciones al quarterback de los Saints, ni del dominio insultante ni del control del reloj. La segunda parte había sido como una lenta agonía en la que los Vikings se hacían pequeños al mismo tiempo que los Saints crecían y Brees fabricaba fuego con su brazo incorrupto.

Esa es la maldición de los Vikings. El equipo que casi siempre lo merece todo, pero siempre se queda corto. La franquicia de las derrotas ridículas, de la heroicidad incomprendida, de las ocasiones perdidas y de las agonías intensas. Quedaban diez segundos y otra vez se abría el suelo bajo sus pies para llevarlos al infierno. Otra vez se rompía la magia y ganaba el maleficio que volvía a hacer un nudo en la garganta y borraba la sonrisa.

Los Vikings volvían a pensar que no merecía la pena ser feliz tan poco tiempo para terminar sintiendo un sufrimiento tan intenso. Y todos pensaban en el ojo de Zimmer, la rodilla de Bridgewater y la otra rodilla de Bradford. Y miraban con odio y cariño por igual a un Keenum que ha sido príncipe por un año, pero se convirtió en verdugo con un pase innecesario lanzado en el tercer cuarto y que le dio la vuelta al partido e inició la pesadilla.

Quedaban diez segundos. Pero eran como un año. Un siglo. Una eternidad en el purgatorio para una afición de sufridores que merecen ir al cielo de cabeza. Ya han pagado por todas sus culpas. Ya han sufrido lo suficiente. Su color es el morado y desde hace muchos años han visto a los suyos ganar y ganar hasta que llegaba el día importante, cuando todo terminaba.

Y entonces Keenum levantó la vista. Nueve. Y lanzó el balón a Diggs por si sonaba la flauta. Ocho, siete y seis. Y el receptor cogía el balón y Markus Williams se caía redondo. Y seguían los llantos y las maldiciones. Pero algunos detenían lo hipidos y alzaban la mirada incrédulos al ver que el sol volvía a brillar. Cinco y cuatro. Diggs arrancaba a correr. Tenía el balón abrazado, casi acunado con amor, y frente a él no había nadie. Y el Atlántico desaparecía y la end zone estaba ahí, a un paso. Y empezaban los aullidos, la locura. No podía estar pasando. Por una vez los dioses no daban la espalda al equipo morado. Thor y Odin mandaron a Loki a la tierra para que reinara la locura. Tres y dos. Tan acostumbrados están en Minneapolis a los disgustos que algunos no quieren mirar. ¿Y si se tropieza? ¿Y si le da un infarto? ¿Y si no llega a la end zone y nos morimos en la orilla? Uno y cero. ¡¡¡¡¡LOS VIKINGS HAN GANADO!!!!! ¿Quién dijo inmaculada recepción? Una broma comparada con lo que hicieron Keenum y Diggs. Un momento casi vulgar si lo medimos junto a la atrapada perfecta. La recepción de todos los tiempos. La conexión improbable y el touchdown imposible. Una remontada para la historia del football americano.

Y que nadie piense que es un milagro. Hay que inventar otra palabra más solemne para lo que contemplamos con estos ojos que se comerán los gusanos.

Y que les aproveche.

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