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No estaban muertos

Después de los apocalípticos presagios hacia un equipo contrariado y al debe, que fueron respondidos por arengas propias del amauterismo -esas que emplean los futbolistas que no cobran y que juegan por amor al arte-, Argentina afrontó el partido más angustiante de su historia. La albiceleste pasó por la alegría, la angustia, la locura y la catarsis. Después de vivir todo eso, Lionel Messi y sus amigos no se querían ir de la cancha. Lo que a priori antes del Mundial era un trámite, terminó siendo un tormento que tuvo una resolución epopéyica.

Argentina sobrevivió a una dura tormenta. El propio Messi lo reconoció: "Estábamos muertos". Era cosa de mirarle la cara en los partidos contra Islandia y, especialmente, ante Croacia. El martes, en San Petersburgo, el zurdo del Barcelona era otra persona, con una sonrisa comparable a la del gato de Cheshire, el de Alicia en el país de las maravillas: de oreja a oreja.

Amigos de las cábalas, los vecinos del otro lado de la cordillera se aferraban a ellas para superar el complicado momento: atajó el arquero de River Plate, igual que cuando fueron campeones del mundo en 1978 y 1986. Jorge Sampaoli volvió a usar buzo. Y nuevamente utilizaron el uniforme tradicional, sin variaciones de camiseta, pantalón ni medias.

Argentina volvió a ser la de siempre en el inicio. Golazo de Messi, con una amortiguación que recordó a Marcelo Salas en Wembley, y un tiro libre al palo. Los albicelestes merecieron irse al descanso ganando por más de un gol. Tal como les ocurrió ante Islandia, los nigerianos explotaron en el segundo tiempo e igualaron con un penal, gentileza de Javier Mascherano. A la misma hora, Islandia le empataba a Croacia. Ahí Argentina se vino abajo. Volvían los temores, los miedos, la profecía autocumplida. En la tribuna estaba el mayor de los fantasmas, Diego Armando Maradona, en un estado calamitoso. Para algunos era el presagio de la tragedia.

El guión contemplaba un final feliz, con actores de reparto convertidos en héroes. Centro de Gabriel Mercado y volea de Marco Rojo. Dos que no son dechados de virtuosismo aplicaron el ansiolítico que hacía falta y que convirtió la angustia en un carnaval. Messi celebró y estaba eufórico, como pocas veces se le ve. Y junto con sus amigos. El mensaje de todos ellos era el mismo: "Ahora comienza el Mundial para nosotros". Ojalá. Estamos esperando para verlos. El martes mostraron poquito. Queremos ver más.

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