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Massú, el tipo más querido

La loca carrera de Nicolás Massú para abrazar a Christian Garin, tras el ace que le dio el triunfo definitivo a Chile sobre Austria y los billetes a las Finales de la Copa Davis, debe estar entre los sprints más veloces de la historia del viñamarino. Al nivel de los que se pegaba para ir por los drop shots de Fabrice Santoro o el Mago Coria, en los tiempos que era tenista activo. Se mantiene bien físicamente, pero la velocidad no es la misma. ¿Por qué corrió tan rápido entonces? El pique estaba alimentado por una pasión que tiene Massú y muy pocos otros seres humanos en este mundo.

Massú quiere al tenis como pocos. Y ama representar a su país tanto o más de lo que adora al tenis. A diferencia de Marcelo Ríos y Fernando González, Massú no tenía una muñeca prodigiosa ni uno de los mejores derechos del planeta. A diferencia de Ríos y González, Massú no tuvo una cancha en el patio ni un club de tenis al frente de su casa. A diferencia de Ríos y González, Massú es amigo -y bien amigo- de los otros dos.

Massú conoce sus limitaciones. Trabaja en ellas. Y cuando se cansa, sigue trabajando. Es obsesivo. Cuando jugaba, conocía los puntos débiles de todos sus rivales. Y cuando sus adversarios veían que les tocaba enfrentar a Massú, arriscaban la nariz porque sabían que la cosa se venía dura.

Como entrenador, Massú vive y se desvive. Hace cinco años que viene repitiendo que habrá un equipo chileno de Copa Davis para grandes cosas. Jamás lo dudó, ni cuando Jarry se fracturó un dedo esquiando ni cuando Garin andaba viviendo en nebulosas inexplicables. Él es capaz de ver la materia prima, trabaja en ella y le agrega una dosis de mística suficiente para contagiar al más apático. Incluso a Ríos.

Massú corrió a abrazar a Garin, tal como abrazó a González en Dusseldorf y en Atenas. Y esos abrazos ya son su selllo, su marca registrada. Son el éxtasis del triunfo, de doblegar la adversidad. Massú, de verdad y de todo corazón, realmente cree que no hay nada imposible.

Massú no anda preocupado de lo que digan de él. Es como es. Es feliz jugando al tenis, actuando por Chile y ganando. No hay nada que lo haga más feliz. Por eso, por su espontaneidad, por su nobleza, por su capacidad de contagiar a los demás y porque demostró que sin virtuosismo igual se puede ganar, es y será el deportista más querido de la historia. Quizás, tal vez, probablemente, Massú sea el tipo más querido por los chilenos.

Un periodista español, impresionado por el festejo de Massú en Salzburgo y la devoción de sus pupilos, me preguntó si el viñamarino era "el Cholo Simeone del tenis". Pensé un instante y le dije: "No. Tal vez Simeone podría llegar a ser el Massú del fútbol... pero no. El Cholo no fue campeón olímpico".

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