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¡Qué no vuelva a ocurrir!

En 2004 Nicolás Massú y Fernando González ganaron las medallas olímpicas en Atenas y fueron recibidos en la Moneda, tras recorrer la ruta 68 y la Alameda en un bus panorámico mientras en el trayecto eran ovacionados por miles de personas tuvieron el país a sus pies.

Habían roto más de 100 años de historia del olimpismo chileno sin medallas de oro. Se convirtieron en héroes nacionales. Pero con el correr de los años el tenis nunca mejoró estructuralmente. Jamás dio un verdadero salto de calidad, se estancó en su añosa infraestructura y la cantidad de cultores, en especial entre los niños, bajó dramáticamente. El estado, más allá del gobierno de turno, no le asignó prioridad. Hoy el renacer que vive este deporte de la mano de Garín, Jarry, Barrios y Tabilo se explica en el empuje de Massú y el esfuerzo personal de los jugadores y sus familias.

Ojalá que en el futbol femenino, luego de su debut en la Copa del Mundo, no ocurra lo mismo. Hay diferencias, significativas y más teniendo a la vista que uno es un deporte individual y otro colectivo. Pero hay un denominador común que vincula ambos ejemplos: la existencia de materia prima, de talento. No se trata de profesionalización. Sí, de capital humano. En Chile nacen buenos tenistas y, por otro lado, hay una enorme oleada de niñas y jóvenes queriendo jugar fútbol. Es la base de todo.

El camino para éstas últimas no es sencillo. En el fútbol, a diferencia del tenis, y vaya que es una diferencia notable a favor, existe infraestructura, y de la buena. Pero el déficit brutal, demoledor se produce precisamente por la falta de profesionalización derivada del desinterés de la mayoría de las sociedades anónimas deportivas de desarrollar esta disciplina. Esto, y otras razones, explican que un alto porcentaje de las seleccionadas jueguen en España, Francia o Brasil y no en la liga amateur criolla.

Aquí entramos a un tema muy de fondo: el financiamiento. Pero también a la falta de visión y gestión de los clubes. A la incapacidad para advertir y leer adecuadamente la fuerza social que hay detrás del fútbol femenino y su enorme potencial. Hoy, y tras la concluyente señal de la Roja femenina, lo que corresponde es ponerse a trabajar, de manera gradual, pero entendiendo, por un lado, que las mujeres se ganaron el derecho y, por otro, que hay una veta de crecimiento y fidelización no menor en ese target.

El fútbol profesional es por naturaleza deficitario. Si, por lo general, los clubes entregan balances en rojo a la Comisión para el Mercado Financiero es porque la actividad depende sobremanera de la venta de jugadores y si la pelota entró o no al arco. Un amplio mundo de gestión administrativa y deportiva donde conviven diariamente buenas, malas y arriesgadas decisiones. En ese contexto, debe batallar el fútbol femenino, peleando inversión con el fútbol formativo y otras áreas estratégicas. Por lo mismo, y digamos las cosas como son, siempre sale para atrás. Hasta ahora es el patito feo de la historia.

En otras palabras, los clubes no quieren gastar más –o en muchos casos perder más– y tratan al fútbol femenino como un apéndice de escasa importancia.

Comprendiendo que difícilmente esta disciplina vaya a generar condiciones de solvencia financiera en el corto plazo, lo que sí podría exigirse –y afortunadamente la ANFP se activó estableciendo regulaciones a sus afiliados para estos efectos– es que se le asigne mayor importancia a la liga femenina. Un estatus, al menos, semiprofesional. Con previsión, seguros médicos, colaboraciones o pagos de sueldos para todas las jugadoras y programaciones con sentido del espectáculo. Cómo va a ser tan difícil que jueguen de preliminar de los equipos masculinos. Ideas, hay muchas, es tiempo de pasar a la acción.

Gracias a la Roja por visibilizar las carencias de la liga local y dar un extraordinario ejemplo de esfuerzo, humildad y superación en la Copa del Mundo. Esperemos que haya un nuevo capítulo en Tokio 2020.