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El dañino efecto comparativo

Además de recuerdos imborrables y un notable legado en la historia del deporte chileno, si algo dejó la época de Marcelo Ríos, Nicolás Massú y Fernando González fue el efecto comparativo, un perverso ejercicio para todo lo que viniese más adelante. Lo padeció Cristián Garín siendo un niño y hoy pese al estatus del que gozan en el circuito mayor lo siguen sufriendo Gago y, sobre todo en estos momentos, Nicolás Jarry.

Que Ríos haya cambiado el rumbo del deporte chileno, Massú convertido en el único tenista en la historia del tenis moderno en ganar dos medallas de oro en unos mismos juegos y González ser capaz de lograr la inigualable marca de tres preseas olímpicas, esta brillante secuencia no tiene por qué ser parte del contexto para las carreras de Garín y Jarry. Ambos están haciendo camino a su ritmo, con sus convicciones y mal no les ha ido. Están hace un buen rato entre los 75 mejores del mundo y clasificaron a las Finales de la Copa Davis en Madrid. Después del título en Bastaad incluso llegaron a situarse entre los 40 primeros del ranking ATP.

La crítica más común que se lee y escucha respecto de ambos es su fragilidad mental. Algo a lo menos discutible porque no solo fue su talento el que le permitió sortear el mundo de los futuros y challengers donde hay cientos de jugadores que le pegan bien a la pelota y dejan la vida en la cancha. Fue también su capacidad sicológica. A Jarry se le dio antes, Garín se demoró un año más. El punto es que hoy están insertos en otro estadio de competencia en el que muchísimos partidos se definen en dos o tres puntos. Y las grandes ligas requieren un período de adaptación largo para luego capitalizar esa experiencia. Están en el proceso.

El apuro por verlos llegar a la segunda semana de un Grand Slam es inversamente proporcional al conocimiento del circuito de quiénes escriben o verbalizan dichos cuestionamientos. Es evidente que ambos tienen mucho por crecer, trabajar para ser más fuertes sicológicamente, hacer ajustes técnicos y generar una consistencia sostenida en el tiempo, pero esos avances, esa mejora multifactorial, requiere tiempo, más tiempo. No todos son Medvedev, Zverev, Khachanov, Tsitsipas o Coric. Garín y Jarry avanzan a paso firme en busca de sus objetivos.

Independiente de la comparación fácil, un ejercicio más válido sería establecer el paralelo con el resto de los países latinoamericanos, con realidades culturales y de desarrollo deportivo similares. ¿Argentina? Tuvo seis jugadores en el cuadro, el más joven Londero de 26 años, tres años mayor que los chilenos. ¿Brasil? Con dos torneos ATP en el calendario, anotó solo a Thiago Monteiro, de 25 años y fuera de los 100 primeros. ¿Colombia? clasificó a Santiago Giraldo con 31 años y ubicado en el puesto 232 ATP. ¿México? A ningún jugador, pese a que organiza dos campeonatos ATP, es un país de 127 millones de habitantes y fronterizo con Estados Unidos donde se puede jugar todo el año sin salir de América del Norte.

Nadie puede, ni corresponde, privar a cualquier persona de expresarse libremente. Las redes sociales constituyen un descampado, cada vez más anárquico, de dimensiones inconmensurables, donde vemos lo mejor y peor de mucha gente. Cada uno de ellos está en su derecho a manifestarse. Son los tiempos que corren, las plataformas que existen y uno verá a quién valida, qué consume y desecha. En el caso de la crítica deportiva filosa, lo único que se pide es respeto y ojalá opiniones informadas por duras que éstas sean.

A Jarry se le achaca, por ejemplo, un exceso de errores no forzados. Es cierto, comete muchos porque toma la iniciativa en todo momento. Riesgo permanente. Al número dos de Chile le incomoda correr la cancha, defenderse, su tenis descansa en sus tiros ofensivos y, por eso, los partidos generalmente pasan por él. Por la efectividad de su saque y tiros ganadores. Para mejorar a la Torre no hay que pedirle un despliegue como Nishikori o De Minaur. Hay que esperar que afine la toma de decisiones y perfeccione su juego ofensivo. Lo más probable es que la mejor versión de Jarry siga siendo con un número importante de errores.

¿Un botón de muestra? En los torneos donde intentó ser más consistente y mentalizarse en poner la bola en juego perdió con mayor facilidad. Del técnico, cuya dimisión piden muchos, habría que preguntarle primero a Jarry. Y, más allá de que hacer un cambio siempre será una opción latente, al jugador no se le pasa por la cabeza probar otra fórmula. Bien que así sea, nada bueno puede salir del pulso emocional de ciertos fans. Tiempo al tiempo. Son dos jugadores sudamericanos y recién tienen 23 años. Miremos en el vecindario, no a Europa. Chino Ríos hay uno solo.