Reaccionemos

Mientras la comunidad científica avanza por separado en busca de tratamientos y una vacuna universal para el coronavirus, la crisis nos va dejando enseñanzas, conclusiones brutales, demoledoras respecto de cómo nuestra vulnerabilidad a partir de las enfermedades de base tiene directa relación con ciertos hábitos y no solo con aspectos genéticos.

Descontando la variable hereditaria donde la suerte está echada, el Covid-19 atacó a cientos de miles de personas debilitadas por otras patologías. Y es precisamente ahí, en la forma de vida, en las costumbres donde tenemos un mundo por mejorar. Desde las decisiones personales para alimentarnos mejor y salir del sedentarismo hasta en las políticas públicas esenciales para generar un cambio real y una sociedad más saludable.

Estudios recientes del Covid-19 revelan que los pacientes con obesidad tienen defensas más bajas y propensión a desarrollar embolias pulmonares. También riesgos mayores al ser intubados y, por lo tanto, menos opciones de sortear con éxito la enfermedad. No nos olvidemos que existe una delgada línea entre el sobrepeso y el comienzo de la obesidad (u obesidad grado uno) que se expresa a partir de un 30% de índice de masa corporal. Tengamos claro que la obesidad no es solo un problema estético. Es un tema médico asociado a enfermedades cardíacas, diabetes, hipertensión y ciertos tipos de cáncer.

En Chile, según datos del mapa nutricional de la Junaeb, sobre el 50% de los niños de prekinder sufren sobrepeso u obesidad y esa cifra aumenta un 10% al llegar a quinto básico. Lamentablemente, los índices más altos se encuentran en las capas sociales vulnerables lo que dificulta concretar mejoras en ese ámbito. Teniendo en cuenta que la conducta alimentaria no depende únicamente de la decisión de cada niño o individuo sino que está determinada por el entorno que lo rodea y se configura a partir de la oferta diaria –condicionada por las posibilidades económicas de cada persona/familia pero también sujeta a los hábitos que pueden eventualmente ser modificados– es clave la información, saber las consecuencias de lo que se está ingiriendo. Educar y seguir normando el etiquetado y composición de los alimentos es el camino.

Si sabemos que un entorno alimentario saludable genera condiciones para un cambio cultural y el acceso a dietas sanas, ¿qué esperamos para unificar los criterios sobre lo que se puede o no vender en los colegios y su perímetro directo? Se torna imperioso regular en esa materia. El tema se debe atacar de raíz y si es necesario revisar el Programa de Alimentación Escolar (PAE) de la Junaeb, hay que hacerlo, en profundidad, desde el equilibrio en los componentes del menú, hasta las dosis y cargas calóricas. Quizá la polémica repartición de cajas a las comunas populares pudo ser una buena oportunidad para cambiar el azúcar por un endulzante natural. Un detalle, una señal. El desarrollo de un país parte por tener una población sana.

Hoy, la pandemia exige que el programa Elige Vivir Sano se transforme en un asunto de estado, prioritario, independiente del gobierno de turno y que cuente con una inversión acorde a su importancia. La construcción de 14 centros de EVS a partir de octubre y otros 10 en 2021 es una estupenda noticia y ejemplo de lo que debe ser una política irrenunciable ya que es decisiva para la salud de la población y una menor desigualdad. Aumentar y mejorar la infraestructura es relevante para generar un cambio, lo mismo que rediseñar las viviendas sociales, recuperar plazas y parques, construir multicanchas y transformar con lógica recreativa cientos de espacios perdidos. Por otro lado, ¿seguirán creyendo los especialistas que eliminaron las horas de educación física en los colegios que fue una buena idea?

Reaccionemos. Hagamos del deporte, alimentación y vida saludable la llave para construir una mejor sociedad. En Nueva York, un estudio demostró que el 40% de los más de 4 mil enfermos críticos menores de 40 años eran obesos. Miremos alrededor, aprendamos de los alcances de la crisis, estemos mejor preparados a futuro. Tengamos presente que cada peso desembolsado en deporte y sus derivadas en infraestructura, educación y alimentación sana, no es gasto, es inversión. Escribámoslo en la pizarra una y cien veces.