Los dos mundos del US Open

El US Open 2021 quedará en la historia por sus épicos partidos en, literalmente todas las rondas de damas y caballeros, y también por ser el primer torneo con aforo completo desde que apareció el Covid-19 en nuestras vidas en 2020 al menos en esta parte del mundo. En mi caso, asistí como turista, para presenciar tenis, mi deporte favorito, y también para saber qué significa estar en un Grand Slam en esta época.

Debo reconocer algo: en la previa tenía bastantes temores por la situación sanitaria, pero otra parte de mí me instó a venir a Estados Unidos. ¿La razón? Nunca había visto en vivo a Novak Djokovic, Rafael Nadal y Roger Federer. Y debido a la edad y condición física de los últimos dos, creía que este evento podía ser el famoso “ahora y nunca”. Al final, solo pude ver al serbio, porque las lesiones dejaron afuera a la histórica dupla Fedal. Con ese paréntesis ya tocado, vamos a lo central de la columna.

Tenía ganas de describir lo que se vive en una situación así. Y la verdad es que puedo describirla como una división de dos mundos. No haré juicios de valor porque lo encuentro una estupidez, pero sí quiero resumir en estas líneas, lo que vi. Y lo que presencié fue una especie de dos mundos: los locales sin mascarillas y una gran parte de los turistas extranjeros con tapaboca.

Era muy simple identificar a los miembros de uno u otro grupo. Me gusta conversar con la gente y en esas conversas esperando en la fila para comprar algo para comer, pude comprobar lo que mencioné en el párrafo anterior. De las tantas personas locales con las que hablé, todas estaban sin mascarilla. Había casos como los de Ben Stiller -famoso actor estadounidense que fue a ver a Diego Schwartzman el día del huracán que pasó por Nueva York- que sí utilizaron tapaboca, pero que quizás, por ser una figura pública, aprovechó su fama para concientizar sobre la emergencia sanitaria que aún no se ha ido de Estados Unidos aunque parezca lo contrario.

Por otro lado, estábamos nosotros, los extranjeros. Había excepciones que se unían al primer grupo, pero la gran mayoría usaban mascarilla. Los ejemplos más claros eran los ciudadanos de países como India o Pakistán, que se asustaban mucho cuando una persona estaba a menos de un metro de ellos. Sobretodo, de sus hijos.

El primer día que estuve en Flushing Meadows fue el 31 de agosto. La entrada fue absolutamente normal. No me pidieron nada. Ni siquiera me tomaron la temperatura, así que perfectamente podía entrar alguien contagiado y desatar un brote. La situación cambió al día siguiente, jornada desde la que empezó a aplicar la norma de presentar un certificado de vacunación para poder entrar. No era necesario tener tu esquema de vacunación completo, pero sí una dosis. ¿Otros controles de salud? Ninguno. Ni temperatura, ni nada.

Ya adentro, la escena era como si se tratara del US Open 2019 o el Mundial de Rusia 2018 para los futboleros. Un mall con partidos de tenis de fondo. En Estados Unidos se vive en otro mundo, como ese que mostró la Eurocopa hace unos meses. El famoso mundo normal, ese con el que soñamos todos, de despojarnos de los tapabocas. Pero que lo hagan acá, no quiere decir que sea lo correcto.

Mi humilde consejo, si es que puedo dar alguno, es que en Chile no repitan este patrón. Somos expertos en copiar todo lo de afuera, y a veces no hay una buena curatoría para filtrar lo bueno y lo malo. Que se haga en la capital del mundo no significa nada. Son distintas maneras de vivir y afrontar emergencias. Que Chile siga yendo progresivamente para tener, en el momento adecuado, eventos como el US Open con aforo completo. Hoy no es el momento.