ENTREVISTA AS

“Borghi me llamó para decirme que estaban siendo injustos conmigo y me invitó a entrenar en la Roja... Él me salvó del retiro”

Ignacio Herrera fue el cuarto invitado de Jugada Nacional. En una íntima entrevista, el ex futbolista habló sobre los episodios que más lo marcaron durante su carrera.

“Borghi me llamó para decirme que estaban siendo injustos conmigo y me invitó a entrenar en la Roja... Él me salvó del retiro”
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Ignacio Herrera no es el típico futbolista que se conformó con jugar en Sudamérica. Formado en Universidad Católica, el delantero trazó una hoja de ruta atípica que lo llevó a jugar en ligas exóticas como Kazajistán, Azerbaiyán y Corea del Sur. Sin embargo, detrás de esos desafíos curiosos, se esconde la historia de un jugador que debió luchar contra los prejuicios locales y un episodio mediático —el recordado incidente del “sillón”— que amenazó con terminar su carrera mucho antes de lo previsto.

En una charla profunda con Jugada Nacional, el podcast del Sifup y AS, Herrera desglosa lo que significa jugar en ligas remotas, la crudeza de la soledad en Asia y cómo el apoyo de figuras de la talla de Claudio Borghi y Marcelo Barticciotto fue el salvavidas necesario para reescribir su final. También, reflexiona sobre la salud mental, el mito del “jugador cuico” en el camarín y las razones de un retiro que fue una decisión de amor para no perderse el crecimiento de su hija.

- ¿Por qué terminó jugando en destinos tan inusuales como Kazajistán, Azerbaiyán y Corea del Sur?

- Se fue dando. Yo salí muy joven de la UC al Betis B y cuando volví a Chile me di cuenta de que me tocaría hacer “la vuelta larga”. Cuando apareció la opción de volver a salir, no lo pensé. Quería vivir la experiencia a través del fútbol. En esas ligas terminé siendo un poco “cabeza de ratón” y eso me gustó; me permitió perderle el miedo geográfico a esos países y valorar también el aspecto económico, sabiendo lo difícil que estaba el mercado nacional.

- ¿Corea del Sur fue el límite de esa aventura?

- Absolutamente. A las dos semanas le mandé un mensaje a Sebastián Rozental diciéndole que me quería ir a cualquier equipo. En lo económico era muy bueno, pero me sentía solo. Culturalmente son muy diferentes y deportivamente era un “fútbol show”; perdíamos 5-0 y el técnico decía que habíamos jugado mejor. Me equivoqué ese año, fue muy duro por el idioma y la lejanía.

- ¿Alguna anécdota que lo haya marcado en esos años fuera de Chile?

- En Azerbaiyán veníamos muy mal, no ganábamos nada. Un día llegó una especie de chamán e hizo una ofrenda: sacrificaron un cabrito en la mitad de la cancha. Yo no quise verlo, pero mis compañeros terminaron entrenando con la sangre ahí mismo... y bueno, después de eso no dejamos de ganar. Son tradiciones muy fuertes que en Chile serían impensadas.

- ¿Cuánto le pesó el episodio mediático del “sillón” al inicio de su carrera?

- Muchísimo. Me tocó cargar con la mochila de ser “bueno para el hueveo” cuando en realidad no lo era tanto. Me echaron de mi club en ese momento y me dolió que ese hito me marcara para adelante, estar siempre en el ojo del huracán. Me costó mucho sacarme ese estigma y validarme en los camarines como alguien responsable que amaba entrenar.

- ¿Quiénes fueron sus pilares cuando pensó en retirarse tras ese escándalo?

- La gente del fútbol se portó increíble. Marcelo Barticciotto y la gente de la Universidad (Gabriela Mistral) me dieron una hoja de ruta. Incluso Claudio Borghi, que era el DT de la selección adulta, me llamó para decirme que estaban siendo injustos conmigo y me invitó a entrenar a Pinto Durán para que no me retirara. Él me salvó del retiro en ese momento. Gracias a ellos pude jugar 19 años de forma profesional.

- ¿Sintió prejuicios en el camarín por su origen social?

- El fútbol es un vehículo social muy justo, pero sí me pasó con un entrenador, no voy a dar el nombre. Me decía cosas como “acá no hay vendas como en Católica” o que no teníamos lo que había en Católica... ¡y a mí la Católica me echó cagando! (ríe). Al final, el respeto te lo ganas jugando, pero el prejuicio de que el “cuico” no tiene hambre siempre estuvo ahí.

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- ¿Por qué decidió retirarse si físicamente estaba bien?

- Sentía que estaba hipotecando muchas cosas. Los últimos años en provincia significaban estar lejos de mi hija, perderme su día a día. Para jugar un rato el sábado, tenía que estar el resto de la semana en hielo o saliendo antes de las prácticas. Me voy orgulloso de haber superado mis problemas y de haberme vestido de jugador durante casi dos décadas.

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