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¿Da lo mismo a quién vender?

¿Cuenta José Ramón Correa, abogado de Michael Clark, es decir, empleado suyo, con los siete millones y medio de dólares que cuesta ese paquete accionario?

Santiago, 25 de abril 2024
Se realiza la Junta de accionistas 2024 de Azul Azul en el CDA.
Jonnathan Oyarzun/Photosport
JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE
Cristian Arcos
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Durante la semana se conoció la venta de un alto porcentaje de acciones por parte de la familia Schapira a José Ramón Correa, abogado cercano al grupo de Michael Clark, lo que configuró de manera notable la mesa directiva en Azul Azul. Los Schapira eran, posiblemente, la única voz opositora a la gestión que encabeza el rumbo de la concesionaria que controla la Universidad de Chile. Un grupo que ha sido acusado por la CMF de maniobras cercanas a la estafa, con denuncias por todos lados, con un cuestionamiento ético y legal que es por todos sabido, pero que se mantienen en su cargo sin miramientos.

¿Cuenta José Ramón Correa, abogado de Michael Clark, es decir, empleado suyo, con los siete millones y medio de dólares que cuesta ese paquete accionario? Según lo administrativo y legal, sí, pero en nombre de la legalidad se cometen acciones que no dejan de asombrar. Todos saben, sabemos, quienes están detrás de esos montos y por lo tanto de ese control.

¿Por qué lo hacen? Porque pueden.

Uno entiende que la familia Schapira se aburrió de estar en una mesa directiva plagada de cuestionamientos, con acusaciones graves de estafa. Se quisieron marchar. Están en su derecho. Pero sus acciones cayeron en manos de quienes hoy controlarán la institución sin ninguna oposición. Todo legal.

Vale la pena preguntarse si da lo mismo a quién le vendes tu porcentaje de acciones para controlar un club.

Hace años, en la misma Universidad de Chile, Carlos Heller vendió sus acciones a Sartor, cuyos dueños estaban en medio de la penumbra, con misteriosos fondos de inversión y fundadas sospechas de intereses cruzados con otros clubes. En O’Higgins, la familia Abumohor decide vender su propiedad al Grupo Caliente, ligado a las casas de apuestas y a Christian Bragarnik, uno de los representantes más importantes del continente. ¿No era que los agentes de jugadores no pueden ser dueños de clubes? ¿No era que las casas de apuestas no pueden participar en la propiedad de los equipos? En Chile pueden.

Ahora Azul Azul, otra vez, con el grupo Clark (¿seguro que es Clark?), controlando todo.

En la libertad de expresión todas las opiniones son válidas, pero el archivo no muerde. El sistema que impera en el fútbol chileno es el mismo sistema que muchos han defendido por décadas, con un libre mercado codicioso, donde el derecho de propiedad es el más sagrado de todos, donde el éxito está vinculado al poder adquisitivo y donde cualquier mirada colectiva es vista como una amenaza a la supuesta libertad de elegir. Pero ahora, que ese brazo codicioso alcanza a su club, levantan el grito en el cielo.

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Los adalides de “con mi plata no”, mal podrían criticar a Azul Azul, a Clark, a Victoriano Cerda, a Bragarnik, a Mosa, a Milad. Es todo lo que siempre han defendido, apoyado, promovido y defendido en todas las áreas, pero no quieren que llegue al fútbol, pero sí a todo lo demás.

A veces hay que ponerse de acuerdo con uno mismo antes de levantar banderas ajenas.

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