Don Edgardo
Quien redacta esta columna considera a Edgardo Marín el periodista deportivo chileno más importante de todos los tiempos. Y las razones son poderosas.


Esta semana se cerró uno de los capítulos más importantes en la historia del periodismo deportivo chileno. Edgardo Marín anunció su adiós a través de su columna semanal en el diario El Mercurio.
Quien redacta esta columna considera a Edgardo Marín el periodista deportivo chileno más importante de todos los tiempos. Y las razones son poderosas.
Marín pertenece a las primeras generaciones de periodistas egresados de la Universidad que se abrieron paso en un mundo plagado de leyendas. De ellos, heredó lo mejor del oficio, pero le agregó un rigor y una estructura desconocida por aquellos años. A poco andar se destacó entre sus pares por su mirada crítica, su redacción impecable y la noción permanente de dejar un legado que traspasara generaciones.
Ya en esos años, Marín comenzó una labor de investigación que nadie había realizado con tamaña prolijidad. Dedicó horas, semanas, meses y años, para recopilar la historia del fútbol chileno, desde sus cimientos hasta el año presente. Revisó cada periódico, cada publicación, tomó nota de cada partido oficial jugado alguna vez en nuestras canchas y erigió una labor inmensa. Mucho de lo que hoy conocemos del fútbol nacional fue narrado, descubierto y sistematizado por un Edgardo Marín que no claudicaba en su lucha por el rescate de la memoria.
Escribió libros de fútbol cuando en Chile nadie lo hacía. Le puso pantalones largos a un oficio que era mirado casi como un esparcimiento. Marín comprendió que un periodista es cronista de su época y es nuestro deber, nuestra obligación, dar cuenta de ello. No pasar por delante de los hechos únicamente como un testigo. Marín nos enseñó a mirar atrás y a proyectar nuestro trabajo hacia adelante.
Cuando ya era un consagrado y este país se quebraba, Marín encontró en la crónica deportiva una herramienta eficaz para hablar de democracia, denunciar represiones, defender la libertad, levantar la bandera de la transparencia y la legitimidad. A través de sus columnas (la más influyente y leída en aquellos años), Marín le hablaba no sólo al futbolero, le hablaba a un país confundido, quebrado, donde muchas veces el odio cegaba la cordura y la perseguía. El propio Marín pagó el costo. Porque fue valiente cuando había que serlo. Fue perseguido, personal y laboralmente, pero nunca, jamás, hizo gala de ello en los años posteriores. Hoy, cuando muchos de sus colegas cuentan peripecias minúsculas, exageran otras tantas e inventan más de alguna, Edgardo Marín nunca usó esos años duros para sacar un provecho individual. Siguió adelante, tratando de hacer su trabajo.
Conocí a Edgardo Marín cuando yo apenas superaba los 20 años y él ya era Premio Nacional de Periodismo Deportivo. Sus charlas equivalían a cátedras. Trabajamos juntos en turnos eternos, en los días en que todos descansan. De Marín aprendí a no contar los aciertos, sino las caídas. Y no es que fuera falsamente modesto, nada de eso. Él sabe todo lo que vale. Sólo que no necesita gritarlo ni estamparlo en una polera, en un feed o en un lastimero video público.
Muchos años después, cuando ya habíamos dejado de trabajar juntos por más de una década, fui despedido de Chilevisión junto a un grupo grande de colegas. Edgardo Marín, el periodista deportivo chileno más importante de todos los tiempos, se tomó el tiempo de dedicarnos un extracto en su columna, valorándonos como personas y profesionales.
Para quien redacta esta columna, Marín merece, hace rato, el Premio Nacional de Periodismo. Y lucharemos para patrocinar y promover esa candidatura. Porque pocos hicieron tanto por su área como él en el periodismo deportivo.
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Lo considero un amigo. De esos amigos que te enorgulleces.
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