El equipo de mi hijo
El Rucio, fanático de la Universidad de Chile, acompañó, promovió y hasta se enamoró de los colores que sigue su hijo, León, hincha total de Palestino.


El idioma castellano, en su preciosa inmensidad, no registra un término para referirse a la muerte de un amigo, sobre todo cuando es prematura. Por algo será. La temprana partida del periodista Rodrigo Ulloa fue profusamente conocida porque el Rucio era tan reconocido como querido y admirado. En esta columna queremos tributarlo con su lado futbolero y el amor inconmensurable que un padre puede profesar hacia su hijo, heredero de la misma pasión, pero con otros colores. Porque ya lo escribió alguna vez el mexicano Juan Villoro, quien recordaba que uno de los actos de amor más genuinos de su padre no fue sólo llevarlo a la cancha semana tras semana siguiendo al Necaxa, equipo del que era hincha. El acto de amor más grande de su padre es que él no era hincha del Necaxa. Ni siquiera le gustaba mucho el fútbol. Pero amaba las pasiones de su hijo.
Llevar a tu hijo o hija a la cancha es repetir un ritual con el que muchos fuimos criados. Pasamos nuestros años de infancia corriendo detrás de una pelota y siendo testigos de cómo nuestros héroes vestían los colores por los cuales latía nuestro corazón pequeño. Hay un acto de amor inmenso cuando esa pasión se traspasa generación tras generación, hasta formar una verdadera dinastía que se sostiene en el tiempo. Pasión común. Tema común. Idioma común.
Pero Rodrigo Ulloa, al igual que muchos de nosotros, al igual que muchos que leen esta columna, vivieron la dicotomía de amar a un club, pero ver cómo nuestros hijos se apasionaban por colores distintos al nuestro. Algunos dirán que eso es fracasar como padre. Pienso todo lo contrario. Mostrar a nuestros hijos la paleta de colores y darles la libertad para elegir el suyo, es un acto de amor sublime, que el Rucio llevó a su máxima expresión. Él, fanático de la Universidad de Chile, acompañó, promovió y hasta se enamoró de los colores que sigue su hijo, León, hincha total de Palestino. Ahí estuvo, semana tras semana, en partidos con poco público, lejos de las luces del protagonismo, alentando a su hijo que era aficionado a un club que no es de los llamados grandes, que no tiene tantos hinchas, que no llena estadios en todas partes, pero que representa algo más que un equipo de fútbol. Rodrigo, como muchos de nosotros, llevamos a nuestros hijos a la cancha a ver cómo amaban equipos ajenos al nuestro. Pero ver su cara de felicidad ante un gol, levantarlos ante la desventura de la derrota, nos hace también un poco mejores padres. El Rucio se enamoró también de Palestino, porque León, su hijo, fue feliz cada vez que su papá lo llevó a la cancha. Y seguirá yendo con él, en alguna parte, en algún lugar, comprendiendo que el fútbol nos regala enseñanzas que no están en otro sitio. Porque el idioma castellano tampoco tiene palabras para explicar porque amamos tanto nuestros colores. Mis hijos tampoco son hinchas de mi club, pero amo verlos felices cuando alientan al suyo, aunque yo me quede sentado sin gritar los mismos goles.
Los recuerdos del fútbol difícilmente se borren. Nos puede costar aprendernos una fórmula matemática o química del colegio, alguna fecha o efeméride, las tablas de multiplicar. Pero la formación de nuestro equipo, el gol más gritado, la pena por una derrota, queda en nuestra memoria de manera imperecedera. Esos detalles no los borra, ni siquiera la muerte prematura, ni la tragedia más dolorosa.
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Amar a tu club es un acto de amor. Amar al club de tu hijo es llevar ese amor a un extremo que no tiene definición en la lengua castellana. Como tantas cosas en estos días aciagos y tristes. Mi amigo Rodrigo lo entendió mejor que nadie que yo conozca, al nivel que quienes lo queremos también comenzamos a querer un poco más a Palestino, por él, por su hijo, por su recuerdo infinito.
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