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Arcos

Caszely, único e irrepetible

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Muchos admiraron a Carlos Caszely por su innegable capacidad goleadora.

Otros por su irreverencia, su tránsito constante por el lado políticamente incorrecto de la fuerza, en la época en que ser rebelde te podía costar la vida. Literalmente.
Otros lo siguen por haber entendido, antes que nadie, que el ídolo se construye no sólo por su rendimiento en la cancha, sino por crear un personaje en torno a su figura.

De niño admiré a Caszely porque era igual, igual, a mi papá. Crespo, algo ancho, no muy alto, con bigote disimuladamente cuidado. Mis amigos lo veían llegar y quedaban pasmados, boquiabiertos. Tu papá es igual a Caszely, me decían. Y yo me sentía orgulloso.

Los méritos futbolísticos del ex delantero de Colo Colo, Español y Levante son innegables. Marcha tercero en la lista de máximos anotadores históricos de la Roja, aunque su promedio es más alto que Iván Zamorano y Marcelo Salas, quienes lo superan en cantidad de goles.

Sufrió el rigor de la desinformación propia de los 70 hacia quienes criticaban la dictadura. Si Caszely jugara hoy, sería aún más popular de lo que fue. Seguramente, con la repercusión global de los medios, habría extendido su carrera en Europa por algunas temporadas más.

Caszely tenía ese fútbol de potrero, de habilidad, de gambeta y regate fácil. Ese que a todos nos gusta. Antes de hablar de esquemas y pizarras, de estrategias y laboratorios, seguimos admirando al tipo bueno para la pelota, al que hace acrobacias con el balón, el que tira un túnel, hace un globo, se saca a cinco defensores seguidos. Caszely fue Alexis antes de Alexis. El delantero que a todos nos hubiera gustado ser.

Se equivocó el Chino. Fracasó en los Mundiales. Perdió un penal que fue parte de nuestras pesadillas infantiles. Y aprendió a usar ese episodio a su favor, a convertirlo en componente de su propio personaje.

Es soberbio Caszely. Agrandado. Delirante. Porfiado. Pero es único e irrepetible. Y sigue siendo igual a mi papá.

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