Un cambio de fondo

Un cambio de fondo

Las próximas elecciones de la ANFP no son un asunto de nombres propios. No se trata de erigir un salvador que llegue, con la varita mágica a cuestas y borre de un plumazo, una gestión que terminó siendo desordenada, turbia, desprolija y corrupta.

El fútbol necesita un cambio de fondo.

Arturo Salah ya presentó oficialmente su candidatura. El ex timonel de Blanco Negro, ex entrenador de varios clubes, ex subsecretario de Deportes, ex adiestrador de la Roja, tiene un aval importante. Sin duda. No es lo mismo un organismo encabezado por dirigentes de dudosa capacidad y sucio accionar que uno comandado por honestos. Uno puede criticarle varias cosas a Arturo Salah, pero no esa seriedad en su trabajo.

El jaduismo también quiere levantar una lista. Enhorabuena. El debate es sano. El consenso forzado genera más dudas que certezas. Su articulador principal es Aníbal Mosa, con el recelo que su accionar corresponde.

No deja de llamar la atención que ambas figuras emblemáticas, Salah y Mosa, provengan del riñón de Colo Colo, pero desde estadios diametralmente distintos. Ni siquiera en una caricatura podríamos reflejar mayores diferencias que las existentes entre Arturo Salah y Aníbal Mosa. En forma y fondo. En la manera de entender el fútbol y la industria.

Pero más allá de los nombres propios, quedó demostrado que se requiere un cambio de estructura. El regimen presidencialista de la ANFP, que no comenzó con Sergio Elías Jadue Jadue sino que incluye a los timoneles de los últimos 30 años, demostró con vergüenza extrema que no se puede depender de las decisiones de una sola persona. Se necesita control, fiscalización, ojo atento y esa dosis siempre necesaria de distancia y autocrítica. No defender lo indefendible. Mirar con recelo. Ser transparente. Dejar de arreglar la pana del auto con un alambrito. Trabajar en serio.

Arturo Salah, desde su rol de subsecretario de Deportes, fue un impulsor importante de las Sociedades Anónimas Deportivas. La administración antigua de los clubes había colapsado. Que no le vengan con cuentos añejos y románticos. No es verdad que antes los clubes estaban mejor que ahora. No es verdad que antes eran prístinos y que los equipos eran una copa feliz del Edén. Falso. El desorden y la corrupción eran espantosas. Y nadie resultó ser culpable de la quiebra de los clubes. Nadie.

Pero al cambiar el sistema, al instalar las sociedades anónimas en el fútbol, al permitir el desembarco del libre mercado sin concesiones, no se tomó en cuenta aquellos elementos del antiguo regimen que sí eran saludables para una actividad que contiene un sentido social innegable. Se demonizó no sólo a los dirigentes que quebraron a las instituciones, sino a todo el sistema. Los clubes perdieron todo su arraigo. Ni siquiera fue considerado. Los socios dejaron de ser un actores relevantes. Los dejaron fuera de la mesa casi por completo. Se perdieron ramas deportivas. Se borró la historia de un plumazo, se le quiso poner precio de mercado a la memoria. Desapareció el hincha y nació el accionista. Se vulneró al socio. Ahora pasó a ser cliente.

En esta estructura Arturo Salah fue piedra angular. Promotor de un sistema que no tuvo medias tintas. No se tomaron en cuenta experiencias extranjeras, de ligas más desarrolladas, donde un regimen mixto fue adoptado. En España, Alemania,Inglaterra, Italia. No era obligación convertirse en sociedades anónimas deportivas. Los inversionistas no podían controlar más del 51% de las acciones. Un equilibrio necesario. Una mirada diferente. Esto es fútbol. No una fábrica de salchichas.

Aquellas características que antes eran requisitos mínimos, hoy parecen atributos celestiales. Honestidad, transparencia, probidad. Si empezamos a pedir eso, es porque se tocó fondo. Y acá se tocó fondo. No solo por malos dirigentes. Desordenados y corruptos. El sistema tocó fondo. Requiere una revisión urgente.

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