La culpa no es del futbolista

Mucho se habla por estos días de la transferencia de Gonzalo Higuaín desde el Napoli a la Juventus de Turín, una cifra que lo convertiría en el tercer jugador más caro de la historia. La Vecchia Signora estaría pagando más de 90 millones de euros. Quedaría sólo por detrás de lo que pagó en su momento el Real Madrid por Cristiano Ronaldo y Gareth Bale.

La pregunta es: ¿Puede valer tanto dinero un futbolista? Al parecer sí. Estamos claros que los dirigentes o empresarios ligados a estos equipos no van a perder. Hay un plan de marketing armado para que eso no pase, toda una maquinaria propia del fútbol ultraprofesional de hoy en día que mira tanto el rendimiento en la cancha como el retorno en la venta de camisetas a nivel mundial, incluso en mercados que hasta hace poco parecían inverosímiles cuando de fútbol se hablaba.

Cuestionamientos también hubo con el traspaso de Jean Beausejour desde Colo Colo a Universidad de Chile. La cifra es sin dudas la más alta pagada entre clubes chilenos por un jugador. Seguro que los dueños de Azul Azul no sólo esperan un retorno en cancha. Además del liderazgo que puede ejercer un futbolista con dos mundiales en el cuerpo y con experiencias en Europa, México y Brasil, las ganancias también deberían verse reflejadas en la venta de camisetas, en la exposición en televisión, en la cantidad de entradas vendidas y en abonados el CDF. Es decir, un club no lleva a un futbolista de esas características a sus filas sólo para que juegue bien dentro de la cancha. ¿Es culpa del futbolista eso? No, para nada. Hoy hay empresarios que ponen las cláusulas de salida en los contratos. Y si alguien las paga, nada que decir.

El problema mayor es que esas cifras siderales que se manejan en el fútbol europeo generan expectativas difíciles de cumplir. El público y los hinchas casi terminan esperando que el jugador salte cuatro metros y que se quede suspendido cinco minutos en el aire a que le llegue el balón para cabecearlo. Lo vimos en la última Eurocopa, donde la gran mayoría esperábamos un nivel de juego que no se vio. Más allá de un par de partidos de Alemania o Francia y de Antoine Griezmann, lo que más destacó fue el esfuerzo de selecciones como Islandia y, siendo generoso, dos partidos de Cristiano Ronaldo.

¿Es culpa del futbolista esto? No, los futbolistas queremos jugar, pasarlo bien dentro de la cancha, entrenar lo mejor que podamos y aprovechar las oportunidades que el negocio nos pueda entregar. Algo lógico y que cualquiera haría si le están pagando por hacer lo que más le gusta, pensando en la familia, el entorno que lo rodea y el futuro, en una carrera que es extremadamente corta, que generalmente empieza a los 14 y termina no más allá de los 35.