Un ejemplo de perseverancia

Hace un año, Daniela Seguel consideraba seriamente abandonar el tenis. No era la primera vez que lo pensaba, estaba triste, decepcionada y escéptica. Sin financiamiento tras una gira por Europa que no arrojó los resultados esperados. En rigor, la vuelta por el viejo mundo había sido mala. De frentón mala, con muchas derrotas y una caída alrededor del lugar 700 del ranking de la WTA.

Su familia y equipo técnico le hicieron contención. Jorge, su hermano, la convenció de seguir. Si en 2014 había logrado meterse entre las 260 mejores del mundo e ir a la qualy de dobles de Wimbledon era muy prematuro echar todo por la borda a los 22 años.

La Pantera siguió adelante. De seguro, recordó cada mañana de invierno, oscuro, tomando la micro en San Joaquín hasta Las Condes con su enorme bolso a cuestas. O lo que era peor, el regreso a casa después de entrenar, cansada, de pie en el metro y después en el Transantiago. Una realidad de cientos de miles de trabajadoras que dignamente se movilizan en el transporte público, pero que en caso de una deportista de elite es un hándicap demasiado grande.

Dani Seguel proviene de una familia de esfuerzo que no tiene cómo financiar su carrera. Su papá posee un taller de calzado y su mamá vende ropa americana en la feria. Si no fuera por los 8 millones anuales que recibe de ADO (poco más de 650 mil pesos al mes) hubiera tenido que dedicarse a otra cosa. El problema es que esa plata, en un deporte como el tenis, se escurre como agua entre los dedos. Que Seguel sea tenista profesional y viaje por el mundo es casi un milagro.

Esta temporada, Dani se la jugó con renovados bríos y apostó por viajar a Europa, previa escala en Bogotá, con uno de sus entrenadores. En los pasajes gastó 3.200.000 pesos, el 40 por ciento de la plata que el Estado le brinda para toda la temporada. Al final, fue una inversión y no un gasto porque estuvo tres meses en el viejo continente y remató con un título en Brasil. Mejoró a tal punto su ranking (221) que logró entrar al cuadro de clasificación del Abierto de Estados Unidos y convertirse en la primera chilena después de 33 años en acceder a un major.

Por estos días, Seguel descansa en el sur de Chile imaginando cómo será aterrizar en Nueva York y entrar al mismo camarín donde se visten las hermanas Williams, Martina Hingis, Novak Djokovic, Andy Murray y Rafa Nadal. La qualy del US Open reparte más de un millón y medio de dólares en premios y por el solo hecho de estar en el cuadro cada jugadora gana alrededor de 5 mil dólares. Una cifra que puede doblarse avanzando una vuelta o triplicarse en el caso de llegar a la ronda final. Qué decir si una tenista supera la fase previa: asegura 43.300 dólares. Solo como referencia, la Pantera acaba de ganar un torneo de 25.000 dólares en Brasil y se llevó 11.000 reales, menos de 3.500 dólares.

Ojalá que a Seguel el sorteo no la empareje con una cabeza de serie o una especialista en cancha rápida y pueda vivir la experiencia de ganar uno o más partidos en Flushing Meadows. No solo para disponer de mayores recursos y financiar su carrera en el segundo semestre sino para reforzar su confianza y demostrarse a sí misma que puede llegar más arriba. Para que el sacrificio valga aún más la pena.

En Chile, el tenis, y más aún el tenis femenino, no paga. Si Daniela Seguel camina por el Paseo Ahumada muy pocos la conocerían. Los únicos apoyos son de su familia, el Estado y lo poco que puede generar en los torneos. Plata para darse vuelta a duras penas. De patrimonio ni hablar, cero. Afortunadamente, a los 23 años, tiene a la vista el circuito grande. Y ahora debe jugársela a fondo todo para ser parte de ese mundo. Se lo merece con largueza. ¡Vamos que se puede!