La Roja

Hace 25 años Chile sufre el peor castigo de su historia

Un día como hoy, hace un cuarto de década, Roberto Rojas, Fernando Astengo y Chile, entre otros, fueron castigados por el engaño que protagonizaron en Brasil.

Roberto Rojas, apodado «el Cóndor», era un gran portero. Jugaba en el Colo-Colo, el gran equipo de Chile, y también para la selección de su país, claro. Llegó a estar mencionado como uno de los mejores porteros del mundo, se habló de un interés del Real Madrid por él. Tenía estatura, colocación, reflejos y serenidad. Puso en práctica una personal manera de enfrentarse a los tiros libres cuando eran centrados: partía la barrera en dos, y él se colocaba frente al lanzador, al que tenía a la vista a través de la brecha. El 3 de septiembre de 1989 se enfrentaba a un partido muy difícil: Chile visitaba a Brasil en el Maracaná, partido decisivo de clasificación para la Copa del Mundo de 1990. A Brasil le bastaba empatar. Chile necesitaba ganar para clasificarse. Maracaná está a reventar.

En el minuto 49, gol de Careca para Brasil. Las cosas están peor que nunca para Chile. Pero veinte minutos después, la transmisión de la televisión abandona el juego y muestra a Rojas, en el suelo, con las manos en la cara. A su lado arde una bengala, que se supone que ha impactado en su rostro. Salta el masajista, le rodean los compañeros, hay un tumulto. Su cara aparece ensangrentada y ennegrecida. Chile se retira, el árbitro da por terminado el partido, cuya resolución queda en el aire.

Pero al día siguiente se aclara todo. La grabación de una cámara no pinchada en directo muestra que la bengala cayó a tres metros de Rojas, sin rozarle, y que este aprovechó para «hacerse el muerto». ¿Y la sangre? Pronto sale también la explicación: se la ha provocado el masajista con un pequeño bisturí que el propio Rojas llevaba sujeto a las vendas de su muñeca. El asunto llega hasta Zúrich, donde Brasil presentó todo tipo de pruebas, incluso un perito que acreditó que la bengala (cuya marca se llamaba curiosamente Cóndor, como el apodo del jugador) no podría producir un corte. Y en tal día como hoy la FIFA dictó sus resoluciones, durísimas: suspendió a Rojas de por vida para la práctica del fútbol, prohibió a Chile participar en la fase previa del Mundial de 1994, inhabilitó al seleccionador, Aravena, por cinco años, y para toda la vida en el ámbito internacional, impuso cinco partidos al segundo capitán de la selección, Astengo, y prohibió trabajar para siempre en el fútbol al médico de la expedición, Dani Rodríguez. Eso, entre otras sanciones menores. Rojas se defiende mal, haciendo protestas de inocencia e invocando un victimismo nacionalista: «Me hacen esto porque soy chileno, si fuera brasileño no me lo harían».

Con el tiempo, Rojas confiesa. Astengo y él habían hablado de que al menor pretexto tratarían de forzar la suspensión del partido, porque veían en esta salida su única posibilidad. Pero la confesión no remedia su situación. No jugó más al fútbol hasta años después, veinte minutos. Ya era un cuarentón y Zamorano le convocó para actuar en el equipo de estrellas mundiales el día de su homenaje. El Estadio Nacional de Chile le acogió con una ovación, que escuchó con lágrimas en los ojos.