Diego Armando

Hace poco citaron una frase inolvidable, pero nada de célebre, de Diego Armando. Es bueno contextualizar sobre este autor:

Diego Armando se ponía la camiseta de su país y la rompía. Prácticamente él solo sacó a su equipo campeón del mundo. Y cuatro años más tarde, arrastró a 10 troncos más a una nueva final. Y eso que tenía el tobillo hinchado como pelota de tenis. Jamás se negó a jugar por sus colores. Nunca botó un partido jugando por su país.

Diego Armando jamás quiso hacerse millonario jugando por su país. Y si les pagaban bien, repartía la plata con todos los demás. No estuvo en los Juegos Olímpicos, pero habría estado orgulloso de poder llevar la bandera en el desfile inaugural.

Diego Armando hizo las de padre y señor mío en Italia. Todo era poco para él en tiempos de excesos superlativos que hoy le pasan la cuenta. Pero el efecto del alcohol y las drogas no lo llevaron a humillar a un taxista de ese país e irse preso. El hombre respeta al pueblo porque se siente identificado con él.

Diego Armando quiere a su país, más que al dinero. Dicen que por eso lo quieren incondicional e irracionalmente. Por si acaso, Diego Armando no es santo de mi devoción.

Diego Armando dice "boludeces" a menudo. Pero la gente tiene claro que padece una enfermedad. Se candidatea, habla más de la cuenta, fanfarronea. Lo dice abiertamente y la gente se ríe. Siente cariño, agradecimiento y también un poco de lástima por él. Sienten una deuda eterna con Diego Armando, pero eso no significa que lo tomen en serio. Si no estuviera enfermo, su frase aquella sería imperdonable.

"Podés hacer un gol y llevar tu nombre al cielo", decía Charly García. También puedes abrir la boca, mostrarte tal y como eres, e irte solito y sin que nadie te empuje al infierno.

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