El autogol de Bravo

Reinaldo Rueda, sin quererlo, dio una gran y positiva señal. Antes de que comenzara el proceso al mando de la Roja dejó en claro que no será el alcahuete de nadie. "Si no puede o no quiere venir a la Selección, no hay problema. Pero le voy a nominar igual". Lo debe haber dicho con cordialidad y franqueza. ¿Qué significa eso? Que cada afectado deberá dar la cara y resolver su problema.

Y como muchas veces pasa: el que explica se complica.

Como le ocurrió a Juan Antonio Pizzi, quien nunca supo cómo decir que el gerente de selecciones que habían elegido no era el que habían elegido, debido a una lealtad mal entendida. Y la fidelidad aquella le significó a la ANFP el pago de una indemnización de casi 100 mil dólares, por un tipo que contrató y luego descontrató.

Claudio Bravo hizo un intento por transmitir lo medular de su decisión de no estar en los partidos contra Suecia y Dinamarca. Quiso hacerlo elegantemente, con un mensaje entre líneas, y tal como se estila por estos días: a través de las redes sociales. El objetivo era lograr que el lector dedujera o se imaginara lo que no quiso decir explícitamente. No le resultó. Al final, se interpreta casi como una amenaza.

"Me he ganado un mínimo de respeto por este escudo", dice el arquero. No será mejor explicitar ¿por qué le faltan el respeto? Sería clarificador. Porque, así como está escrito, el respeto por el escudo pareciera ser sinónimo de hacer lo que se le dé la regalada gana a alguien.

Quizás Rueda pudo ver esa conferencia de prensa de Pizzi, donde debió explicar la historia del gerente aquel que nunca llegó a serlo, y comprendió que inmolarse por cuidar a los dirigidos -hombres grandotes, pensantes y capaces de expresarse-, era una soberana tontería. Tal vez el colombiano haya quedado curado de espanto. Tanto que decidiera que él jamás en la vida iba a salir a explicar lo inexplicable.