La vida de Brian

La historia de Brian Fernández no es nueva. La hemos escuchado muchas veces. Es de esos relatos que uno nunca se cansa de escuchar porque detrás de una pelota y un futbolista que corre tras ella, hay una biografía, un relato, una épica que nos permite seguir amando este juego.

Brian Fernández siempre fue bueno para el fútbol. Un muchacho con condiciones que excedían, por lejos, el promedio. No fue difícil que destellara en Defensa y Justicia. Pronto los ojos de un gigante se posaron en sus atributos. Fue Racing Club. Racing y su historia. Racing y su hinchada. Racing y su mística. No era poca cosa.

El joven Brian sorprendió a propios y ajenos. La camiseta de la Academia no le quedó grande. Al contrario. Jugaba con el desparpajo y la irreverencia que tiene aquel que no tiene nada que perder porque nunca tuvo demasiado. Los goles, los focos, los aplausos, las cámaras de tv, llegaron más temprano que tarde.

Y Brian se mareó. Como nos ocurriría a varios que crecimos mirando el otro lado del mostrador. Y se excedió. Varias veces. Los goles desaparecieron. Los focos seguían, pero ahora para mostrar sus faltas. Par de controles de doping positivos, un técnico nuevo que no lo considera y otro proyecto que parecía esfumarse antes de cristalizar.

De pronto a Brian le ofrecen jugar en un equipo chileno desconocido para él. No era uno de los grandes, de esos que aparecen en las cadenas internacionales. Tampoco era de la capital. Nunca había sido campeón. Venía recién ascendiendo. Fernández comprendió que era el sitio ideal para empezar otra vez. Se comprometió con quienes de verdad importan, sus cercanos, a comportarse como es debido. A jugar. Disfrutar como antes. Enfocarse. Lejos, en otra liga, donde no lo apuntaran como la promesa que no creció, tendría la chance de escribir su historia de nuevo.

Brian hizo once goles en once partidos. Desde el primer juego se sintió diferente. Más entero. Más liviano. Se volvió a hablar de un delantero con enorme potencial y no del artillero que dilapidó años de carrera. El fútbol volvió a ganar. Porque como dijo un crack, nos equivocamos nosotros, pero la pelota no se mancha. Brian dejó de culpar a los otros por sus errores cometidos y entendió que sólo él podría torcer ese destino. Se demoró poco. Una oferta millonaria de México lo metió otra vez en órbita.

En su último partido con ese club pequeño, llamado Unión La Calera, respondió con dos goles ante un gigante local como Colo Colo. Y lloró como si hubiera nacido con esa camiseta. Sabía Fernández que el amor fue recíproco y que era él quien debía agradecerle a ese equipo, a esa hinchada, a ese entrenador y a esos compañeros por la oportunidad concedida.

Lo de Brian Fernández es la esencia del fútbol. El talento innato y la capacidad de reinventarse. La caída y la victoria en el mismo futbolista. Para Fernández su paso por Calera es mucho más que los once goles anotados. Es volver a ser feliz detrás de una pelota. Es el hincha de provincia que una vez, una noche en la capital, se enorgullece de vestir la camiseta de un equipo chico en tierra de gigantes.

¿Y si Fernández se cae otra vez? No lo sé. Ni idea. Pero valió la pena intentarlo. Y verlo jugar en nuestras canchas.

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