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La generación del 98

Le tengo cariño a la generación de futbolistas que jugaron el Mundial de Francia 98. Un profundo respeto. Confieso una gran admiración por ellos. A veinte años de ese Mundial vale la pena detenerse en un grupo de futbolistas que instalaron a Chile en el contexto internacional después de mucho tiempo.

Para mí Francia 98 es mi primer mundial con Chile en cancha. Ya había nacido para España 82 pero era muy pequeño y mis recuerdos son apenas chispazos. El germen del fútbol aún no recorría mis venas por completo. Pero dos décadas atrás ya estudiaba en la Universidad y recién había comenzado a trabajar en lo que siempre quise.

Yo vibré esas eliminatorias como hincha. El agónico y rabioso gol de Margas a Venezuela. Los goles de Zamorano en la lluviosa noche ante Ecuador. La perfecta actuación de Salas ante Colombia. El nacimiento de la mejor dupla de ataque en la historia del fútbol chileno. El infinito cabezazo de Salas a Uruguay y la pelota que entró en cámara lenta en el arco sur del Nacional. Los cinco goles de Zamorano a Venezuela en el Monumental. El tiro libre de Fernando Cornejo ante Argentina. El gol de Pedro Reyes ante los peruanos. Por primera vez vi una clasificatoria con final feliz gracias a la generación del 98.

Jugar un Mundial era otra cosa. Por suerte nos acostumbramos con Bielsa y Sampaoli a clasificar. Pero en ese tiempo era distinto. Soy de los que cree que el fútbol no es sólo la pelota. Es la historia del país, el curso de los tiempos, el que entra a la cancha. Una mochila que a veces es demasiado pesada. Chile venía de ser castigado en las eliminatorias anteriores. Por tramposos. La nación había recuperado la democracia hacía menos de una década. Una verdadera explosión social, cultural, futbolera. Como todo estallido, su radio de acción fue a veces demasiado amplio. Impreciso. Exagerado. Era la década del Iceberg en la expo Sevilla. De los viajes por el mundo de nuestros Presidentes. De los Jaguares de Sudámerica. De Marcelo Ríos número uno del tenis del mundial. Eran los tiempos de Salas y Zamorano, dos delanteros de otra calidad y sobre todo, dueños de una mentalidad diferente.

Pero sería injusto hablar sólo de ellos. Es el equipo de Nelson Acosta, un técnico que hizo la carrera larga, que fue muy criticado, pero que el tiempo lo puso en un lugar de respeto general. Como merece. El equipo de Tapia, de Fuentes, de Reyes, Margas, de Villarroel que pasó en dos años de jugar en Segunda a disputar un Mundial. De Parraguez, de Acuña, del Murci Rojas, de Estay, del Coto Sierra, de Musrri, de Marcelo Vega, de Neira, de Barrera, de Aros. Un equipo laborioso que sabía lo que tenía, que no descubrió la pólvora: en casa era imbatible y afuera jugaba con la calculadora. Que debió ganarle a Italia. Que debió ganarle a Austria. Que nos hizo sentir a mucho el sabroso cosquilleo de jugar un Mundial. Por primera vez estábamos invitados a la mesa.

Es la Copa de la Marea Roja. Del himno en Francia gritado como nunca. Del cabezazo de Salas a Italia. Del malvado Bouchearudeu, del gol de Austria en el epílogo, del tiro libre de Sierra, de Brasil que nos superó sin contemplaciones.

Pero es algo más importante. Es la instalación de Chile a cara limpia, sin vergüenza, sin hacer trampa, sin dictadura, en libertad, de cara a todo el mundo. Es el Mundial que unos niños llamados Bravo, Medel, Alexis, Beausejour, Aránguiz, Vidal, Vargas, vieron con atención, soñando con algún día ser como sus héroes, esos que defendieron la camiseta roja hace 20 años, en Francia 98.

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