Lo que se nos va en el Mundial

Luego del duelo por la eliminación, de dejar atrás la sensación incómoda de habernos farreado una clasificación segura y el sentimiento adolescente de querer que pierdan todos, empezamos a disfrutar el Mundial. Hay quienes piensan que una Copa del Mundo no se goza de la misma forma cuando tu país no está. Yo soy de los que cree que es todo lo contrario.

La ausencia, la distancia, el silencio de no tener que gritar el himno y quedar arrastrado por el patrioterismo, nos da el tiempo para permanecer de otra forma. Aprenderse los apellidos de los islandeses como si fuesen nuestros vecinos, sentirse panameños cuando celebran su primer gol pese a estar perdiendo 6-0, ver a los coreanos emocionarse intentando escapar del servicio militar. El Mundial es la oportunidad de enamorarse de muchas cosas que luego olvidaremos.

El otro día vi repetido una y otra vez el gol de Xhaka ante Serbia, mi gol favorito de la primera ronda. Es una buena definición, tiene una historia detrás que podría ser adaptada por Clint Eastwood, y una celebración repleta de símbolos, pero no fue eso lo que lo hizo importante. Es solo que a veces aprovechamos goles lejanos e intrascendentes para emocionarnos por otras cosas.

Los Mundiales son todo lo que fuimos dejando atrás. Es el regreso a esa vida que quedó suspendida ahí, desde 2014. Ese pasado simple, plagado de promesas que no sabemos si continuó. Los mejores cuentos que jamás escribimos. No todos los entienden. "Son los mismos que cuando ven un Fiat 600 ven un auto y no a unos padres en pana esforzándose en conducirlo como habrían de conducir a sus hijos", escribió Manuel Jabois.

Cada vez que parte un nuevo Mundial me gusta pensar en los que he visto y en lo que recuerdo de cada uno. En algunos casos son recuerdos borrosos, fotos decoloradas. En otros, un partido me permite reconstruir todo un día. Cuando veo el gol de Ortega a Jamaica el 98, las atajadas de Rustu ante Corea el 2002, el papel de Lehmann ante Argentina el 2006, la celebración de Beausejour ante Honduras el 2010 y el llanto de Medel en Brasil 2014, estoy sentado también frente al álbum de fotos de mi vida.

El tiempo que transcurre entre un Mundial y otro es eterno. Los años son como kilómetros, la distancia insalvable, pero siempre tenemos la seguridad que habrá otro. Y es probable que esa pequeña esperanza nos ayude a sobrevivir alguna vez. Estar sentado frente a un televisor, extraviado, buscando aferrarnos a un recuerdo cuando todo nos haya quedado demasiado lejos.