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Vidal quería ser el mejor del mundo

Arturo Erasmo Vidal Pardo acaba de ser confirmado como refuerzo del Barcelona, el equipo donde todo futbolista sueña con jugar. Un club que no sólo está lleno de trofeos y galardones, sino que convirtió su nombre en un adjetivo. Porque el Barcelona tiene un modo de jugar que se arrastra, como herencia sempiterna, desde hace más de 40 años. En el fútbol de alta competencia, donde los dólares y euros son más protagonistas que la pelota misma, el cuadro culé aún cree en eso que llaman estilo, en esa impronta que conciben en La Masía y que salen a buscar cuando no la poseen entre algunos pocos elegidos.

Vidal es uno de esos elegidos.

Repasar su carrera es hacer memoria. Es trasladarse al estadio Monumental cuando un juvenil proveniente de San Joaquín no destacaba demasiado en las series inferiores. No todos auguraban que sería un crack. Mostraba fortalezas poco comunes. Una potencia física inagotable. Una técnica que le permitía pegarle con ambas piernas de la misma forma. Juego aéreo. Despliegue. Su gran enemigo era él mismo. Varias veces lo enviaron a casa por alguna pelea con un compañero, por su falta de compromiso o una palabra mal dicha contra el entrenador de turno. El muchacho partía, magullando su rabia, jurando que jamás volvería a pisar al Monumental. Al otro día siguiente volvía a pedalear su bicicleta y retornaba a entrenar.

Marcelo Espina lo hizo debutar. Con Claudio Borghi se consolidó. Fue transferido al Bayer Leverkusen antes de cumplir 20 años. Esa mañana, ante reporteros que no estábamos acostumbrados a semejante ejemplo de confianza, Arturo Vidal nos dijo que su objetivo era ser el mejor del mundo. Lo miramos con asombro. Nadie le creyó.

El resto de la historia es conocida. Con muchas luces y algunas sombras inolvidables. Títulos en las ligas más importantes del planeta. Escándalos que manchan cualquier historial. Condiciones futbolísticas para reforzar el concepto de que estábamos frente a uno de esos jugadores que en esta tierra nacen cada cinco décadas.

Vidal seguía luchando contra sí mismo. Casi siempre gana, pero a veces pierde. Lo vemos acompañado de muchas personas, pero inexorablemente algunos creemos que está muy solo. Esa dimensión, esa orfandad emocional, ha cultivado su carácter. Un jugador que está convencido que puede ganarlo todo porque no hay imposibles. Si revisamos su biografía sólo podemos concordar con esa creencia. Porque en un país como el nuestro, las chances para un muchacho de San Joaquín, que creció en la pobreza económica y en el abandono de figuras relevantes, son muy escasas. Casi nulas. En un país como Chile estamos llenos de chicos parecidos Arturo Vidal, pero que no llegaron. La cima la alcanzó uno solo, luchando contra sí mismo. Una pelea que no concluye aún, que jamás terminará.

Un futbolista enorme. Para mí el único que puede discutirle a Elías Figueroa el cetro del mejor de todos los tiempos. Juventus, Bayern Munich, Barcelona. Siete títulos locales. Dos Copa América. Aunque parezca extraño algunos aún lo cuestionan y le piden todavía más. Le exigen ser un ejemplo. Comportarse mejor. Inmaculado ¿Cómo no marearse cuando tuviste muy poco y después el mundo se rinde a tus pies? ¿Qué hace nuestra sociedad por chicos como Vidal? Poco. Nada. El triunfo es suyo. Aplaudo con admiración, porque cuando lo escuché decir en la sala de prensa del Monumental que iba a ser el mejor del mundo, no le creí. Y me tapó la boca. 

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