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Iván Zamorano y todos los demás

Pertenezco a esa generación de chilenos que creció con Iván Zamorano. Soy de esos que corrían para llegar a ver los partidos de la liga española con la esperanza de que este delantero chileno convirtiera goles jugando por el equipo más importante del mundo, el Real Madrid. También soy de esos que se sabían de memoria no sólo la formación merengue, sino que la plantilla completa y también la de los rivales de turno. Soy de los que alguna vez gritó un gol del Real Madrid sin nunca haber pisado la capital hispana ni el Viejo Mundo, ni ningún otro país aparte de Chile. Soy de los que cuando hacia un gol en una pichanga, corría a la esquina y soñaba con el Bernabeu repleto, tomaba mi polera y la zamarreaba, como Zamorano cuando convertía uno de los cientos de goles que marcó.

Soy de los que aplaudió cuando le dijeron que sería el quinto extranjero y terminó siendo goleador, campeón y mejor jugador del torneo. De esos que festejaba sus goles con la 1+8 en el Inter de Milan. Pertenezco al grupo de chilenos que le tiene cariño proverbial a la generación que clasificó al Mundial de Francia ’98, porque era el primero en nuestra memoria.

Soy de esos que sintió una comezón interna la primera vez que tuve que entrevistarlo. Ni hablar cuando me contestó y me dijo “Cristian”. Como niño chico le conté a mi viejo que Zamorano me conocía, que me podía morir tranquilo. Soy de los que se sorprendió la primera vez que pude viajar a Europa y cuando dije que era chileno, un taxista me respondió, “ahhh Zamorano”.

Admiré a Iván Zamorano. Como a Marcelo Salas, a Carlos Caszely, a Lucho Martínez, el ídolo de toda mi vida. Lo respeto por lo que hizo y porque buena parte de la pasión que tengo por este juego proviene de seguirlo tanto.

Zamorano cumple años. Y yo me alegro porque alguien a quien admiré tanto tiene una buena vida.

Zamorano una vez me hizo un regalo que ni él sabe. Quienes trabajamos en este oficio somos unos privilegiados. Podemos ser testigos cercanos de eventos históricos. Chile le acababa de ganar a Argentina la final de la Copa Centenario en New Jersey. El estadio aún explotaba en festejos cuando abandoné el lugar donde vi el partido para acudir a la zona mixta. Aceleraba mis pasos por el pasillo desierto cuando veo una multitud de luces, focos y camarógrafos en dirección opuesta. Perseguían a un hombre que no distinguí a la distancia, pero que a medida que nos acercábamos se me hizo reconocible de inmediato. Era Iván Zamorano, rodeado de cámaras que buscaban conocer su testimonio del Chile campeón. Nuestro encuentro fue inevitable. Zamorano se detiene, en ese pasillo y me da un abrazo, como chileno, como compatriota, como hincha de la Roja y me dice “vamos conchetumadre. Chile campeón”. Siguió su camino. Detrás de él continuaron los periodistas, las cámaras y las luces. Yo me quedé un instante quieto. No pude moverme. Fui feliz. Lo reconozco. Muy feliz.

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