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El viaje eterno de Emiliano Sala

Emiliano Sala sentía que todo le costaba el doble. Que debía esforzarse más que el resto de sus compañeros. Era discutido por la afición pese a que convertía goles. Recordaba los años en su Argentina natal, donde comenzó a jugar muy pequeño, pero nunca logró enrolarse en un equipo profesional. Cuando un hombre decide perseguir la pelota como profesión, el destino lo puede conducir a latitudes lejanas. Por eso Sala, casi sin percatarse, terminó haciendo carrera en Francia, demasiado lejos de Cululú, su pueblo natal y de Progreso, en Santa Fe, donde dormían sus afectos.

Emiliano hizo goles. Vivía para convertir. Lo suyo no era la prolijidad o la abundancia de atributos. Conocer sus defectos mejoró su desempeño. De derecha, con empeine, la canilla, de rebote, desde el suelo, el argentino entendió que los tantos no valen dobles cuando son de bella factura. Así construyó una carrera laboriosa. Jugando por Orleans y Niort hizo muchos goles en divisiones menores. El salto a Primera le costó y en el Caen y Burdeos no anduvo. Hasta recalar en Nantes. Encontró allí su lugar en el mundo. Esa combinación inexplicable que nos regala el fútbol, cuando el futbolista se une con el técnico, sus compañeros y la afición, en una alianza que permite exhibir su mejor versión. Su nombre circulaba entre los hinchas. Su camiseta se vendía a montones. Los goles se multiplicaban, tanto que llegó a acercarse a la lista de máximos anotadores del torneo galo, compartiendo la cima con un campeón del mundo como Kylian Mbappé.

Hasta que llegó la oferta del Cardiff. No lo convencía por completo. La Premier League es un torneo tentador, uno de los mejores del planeta, pero el club peleaba los lugares secundarios de la tabla. Estaba cómodo en Nantes. Después de bregar tanto, al fin sentía que Francia era su segunda patria, pero el Nantes era su club. La oferta fue irrechazable, tanto para él como para el cuadro francés. El Cardiff nunca había ofertado tanto por un jugador. Confiaba en los goles de Sala.

Emiliano partió esa noche del 21 de enero del 2019. Eran las 20.15. El clima no parecía demasiado severo. El cielo encapotado no se veía como una amenaza, pese a la fragilidad en la aeronave que abordaría. Emiliano Sala pasó por el campo de entrenamiento. Se despidió de sus compañeros, su técnico y los funcionarios del club donde militó los últimos cuatro años. Prometió avisar cuando llegara a Gales. Llamó por teléfono a sus amigos y parientes. Estaba nervioso. Por primera vez jugaría fuera de Francia. Ya era grande, 28 años. Sabía que, como siempre, tendría que demostrar sus condiciones con más esfuerzo que el resto.

Despegó. Con la esperanza intacta. No hay sueño más pletórico que perseguir una pelota, en cualquier cancha. Ser niño para siempre. Como cuando en Cululú soñaba con ser jugador de fútbol. Cardiff lo esperaba. El frío, la lluvia, los hinchas, la Liga Premier. Emiliano Sala estaba feliz. Muy feliz. Lo mejor estaba por venir.

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