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Un mundial y el manual de cómo hacer las cosas mal

La primera actuación de la Roja en una Copa del Mundo femenina le permitió a Chile ser parte de una revolución que no vio venir, y a la que sólo pudo subirse gracias a la convicción de una generación histórica. Como suele suceder en este país, no se trató de un proyecto a largo plazo o una estructura sólida, sino de un esfuerzo personal, talento individual, que coincidió gracias al azar dentro de un colectivo. 

Ahora, cuando el boom aún no se diluye, ni se apagan los fuegos artificiales, llegó el momento de hacerse las preguntas importantes. Cómo mantener ese interés en el tiempo. Cómo aprovechar el momento histórico para entrar en los Juegos Olímpicos de Tokio, estar presente en el Mundial del 2023, y profesionalizar una actividad que ha dado señales de ir en esa dirección en todo el mundo.

Esta semana el presidente de la ANFP, Sebastián Moreno, y la Ministra del Deporte, Pauline Kantor, hablaron en La Tercera su sobre deseo ser sede de un Mundial adulto el 2027. La idea no es nueva. Tal como ocurrió con los Juegos Panamericanos del 2023 y la postulación al Mundial del 2030, habla sobre una visión país, un visión cegada y pequeña por cierto, donde la única ruta posible es organizar eventos.

Ni siquiera es necesario pensar en los costos que significa recibir un Mundial para saber que no es una buena noticia. Basta con pensar en lo ilógico que sería ver entre los candidatos a un país que hace cuatro años no podía jugar por falta de apoyo, y que recién hace dos, posee indumentaria adecuada, viaja en condiciones dignas, y se prepara con profesionales.

Cómo le podríamos explicar a la noruega Ada Hegerberg, Balón de Oro y que se excluyó del Mundial por la desigualdad entre hombres y mujeres, que la sede podría ser en un país donde los clubes no tienen categorías infantiles, no existe una red de talentos a nivel escolar, ni siquiera una selección Sub 15. Un país donde el Torneo Nacional es amateur, la mayoría de las jugadoras no posee contrato, ni recibe sueldo, y donde recién cuentan con un seguro de salud universal.

Cómo podemos pensar en recibir a Alex Morgan, Marta o Megan Rapinoe, mientras un tercio de las seleccionadas chilenas que defendieron a la Roja en Francia tuvieron que hacerlo pidiendo permiso en sus trabajos, y en muchos casos, arriesgando sus trabajos.

Chile ya fue sede de un Mundial juvenil el 2008, y luego de los flashes, los estadios llenos, las fotografías en la Moneda y las promesas, no quedó nada. Once años después queremos redoblar la apuesta. Fijar otra vez la meta en la cima del Everest, mientras aún quedan batallas más humildes e importantes que dar en casa.