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El Mumo

La muerte de Raimundo Tupper es uno de esos días que todos los que amamos el fútbol recordamos. 20 de julio de 1995. ¿Qué estabas haciendo cuando te enteraste de la terrible noticia? En mi caso estaba acostado con un cuadro terrible de otitis. Entre el dolor de oídos y el mal dormir de la noche anterior, tuve que subir el volumen de la radio cuando escuché que el jugador de Universidad Católica había decidido fallecer. No se podía creer.

Nunca conocí a Raimundo Tupper, pero es como si lo hubiera conocido. Cada palabra que escucho sobre él, cada línea que leo, cada testimonio, cada gol repetido en televisión. Cuando falleció estaba iniciando un tratamiento por la misma depresión que él cargó por tantos años, en silencio, mostrándole al mundo solo una parte de su esencia.

El Mumo era así. Reflexivo, con un pensamiento social que escapaba los márgenes de una cancha de fútbol. Jugaba para ser libre y feliz. Seguro lo era. Era una cara genuina, limpia, pero incompleta. Estaba la otra faz. Esa mochila que se carga sin querer, esa culpa de no poder ser lo suficientemente feliz pese a que tú alrededor está plagado de virtudes y afectos que te quieren. Esa noche permanente, tan oscura y absorbente, de la que alejas a quienes más quieres, no porque no los necesites, sino porque les haces daño sin pretenderlo. Los estás protegiendo. Nadie sabe eso. Es nuestro secreto.

He leído mil historias sobre Tupper y todas se parecen. Como cuando en 1988, con poco más de veinte años, se rebeló contra la dirigencia de la UC que le sugería a sus jugadores votar Sí en el Plebiscito. “Yo voto que No”, dijo el Mumo, sin estridencias pero con carácter. O cuando le pasó su gruesa parka a un reportero que estaba al borde de la cancha, muerto de frío, en plena transmisión televisiva en un partido de la selección chilena. O cuando rechazó ser rostro publicitario a menos que el dinero fuera donado a una entidad social. O cuando entre sus gustos musicales aparecía Silvio Rodríguez por encima de cualquier cantante de moda.

No quiero ser invasivo para escribir sobre alguien a quien no conocí. Me atrevo a pensar que Raimundo Tupper no era para este mundo. O quizás este mundo no era para él.

¿Qué sería hoy del Mumo? Seguro iría con frecuencia a ver los partidos de la UC y la Selección. Quizás hubiera seguido ligado al fútbol desde alguna esfera. O estaría comentando en algún medio, seguro lo habría hecho increíble. O tal vez estaría lejos, mirando todo con más calma, con una marcha menos, como lo hacía desde pequeño.

Estoy seguro que un hombre como él sería feliz y haría inmensamente feliz a los suyos. Raimundo no quiso más y hay que respetarlo. Se perdió muchas cosas por vivir, pero nosotros perdimos más. Algunos nos perdimos de conocer a un hombre que inexplicablemente sentimos cerca. Debe ser la magia de los hombres buenos. De los escogidos. Porque esta historia no es la de un hombre común. Es la historia de un ser de otro mundo. La de un animal de galaxia.