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¿Dónde estabas cuándo el Cóndor se cortó?

El 3 de septiembre de 1989 duró mucho más de 24 horas. Duró Semanas. Días. Años incluso. Quizás aún no termina. La tarde en que Roberto Rojas se cortó la ceja -y de paso cercenó la esperanza de una generación completa de jugadores-, fue el punto final de una historia que se venía escribiendo hace rato, sin dimensionar consecuencias.

En esta historia no hay inocentes. Los grados de responsabilidad, sin duda, son distintos. El arquero y capitán de Chile es el culpable central, pero no el único. Hacía largo tiempo que un discurso se venía fraguando con demasiada insistencia: ganar como sea. Si el resto hacía trampa, había que ser más tramposo. Si los rivales traspasaban la línea ética, había que imitarlos y mejorar el sigilo. La interrogante no era si engañar o no. La duda era cómo hacerlo para no ser descubiertos o retardar su revelación. En 1979 la Asociación Central de Fútbol determinó que la mayoría de los jugadores nacionales que disputarían el Sudamericano sub 20 en Uruguay viajarán con pasaportes adulterados. De los 23 convocados, solo tres cumplían la edad para jugar dicho torneo. Fueron descubiertos con el torneo ya en marcha. Entrenador y varios futbolistas terminaron tras las rejas al regresar a Chile. Eliminados, avergonzados y presos.

En la década del 80 un grupo de árbitros tenían una agencia de pronósticos deportivos y amañaban partidos a su antojo. Cuando jugaba la Roja y los capitanes intercambiaban banderines, el emblema iba con fotografías de la noche anterior donde los rivales aparecían con señoritas, en una clara extorsión. Todo eso se contaba con gracia. Como ejemplo de picardía.

En este contexto futbolístico creció Roberto Rojas. Eso le enseñaron. La diferencia no estaba en su actuar, sino en sus notables capacidades como arquero. Bajo el arco, uno de los mejores de la historia nacional, sino el mejor de todos. Ágil, con una fuerza de piernas demoledora, capacidad de achique, control de la defensa. Un portero fabuloso. Pero ese mismo soberbio arquero amenazó con no jugar la final de la Copa América de 1987 sino había premio doble para él. Solo para él.

El 3 de septiembre de 1989 comenzaron a cambiar muchas cosas. En medio de un país que estaba recuperando la democracia, que volvía poco a poco a mirarse a los ojos, en medio de un cambio cultural, social y político sin vuelta atrás, maduramos de golpe con ese corte de Rojas en la ceja. Maduró el fútbol, los jugadores, los dirigentes y también el periodismo deportivo, que fue cómplice por acción u omisión de los actos ocurridos ese día y en las semanas y meses posteriores. Nunca más fuimos los mismos.

Y tú, ¿qué hacías cuando el Cóndor se cortó la ceja? Apuesto que lo recuerdas en detalle. Porque días como ese no se olvidan nunca.