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La miseria

El viernes 28 de noviembre del 2019 será recordado como uno de los días más indignos del torneo chileno, un campeonato que se jugaba, bien, mal o regular, desde 1933 a la fecha. Este viernes se decidió por primera vez no concluir un certamen. La situación social lo amerita. Pero lo que hace infame este día es darnos cuenta como los clubes del fútbol nacional demostraron donde están sus prioridades. Sin caretas, a cara descubierta, nos demostraron que su foco está en lo económico, en mantener un statu quo para algunos privilegiados. Nos demostraron que ellos son los dueños de la pelota y que más allá de algunos bellos y empingorotados discursos, hacen con la actividad lo que ellos quieren. Nos demostraron que en su juego nadie más juega y que ese criterio, evitar que el dinero del CDF se reparta en más clubes, determinó que todo se congela: se da por cerrado los campeonatos 2019 (se entiende), sin ascensos ni descensos (incomprensible).

El Consejo de Presidentes de la ANFP decidió, por amplia y descarnada mayoría, vulnerar los derechos de Santiago Wanderers, despojarlo de lo que se ganó en la cancha: el ascenso. La víctima pudo ser cualquier equipo y el análisis no cambia. Pero es Wanderers. Es el equipo más antiguo del país, uno de los más populares de la nación, el equipo de Elías Figueroa, Raúl Sánchez, Raúl Toro, Jorge Dubost, David Pizarro, Juan Caros Letelier, el Pistola Flores, Jaime Riveros, Vicente Cantatores, el Gallego Pérez, Jorge Garcés, Santiago Pizarro, Juan Alvarez, Juan Olivares, Reinaldo Navia, Moisés Villarroel y cientos más que hicieron del cuadro porteño un elenco incomparable, con una mística y un sentido de pertenencia con su ciudad que ya se lo quisiera cualquier equipo de Chile, el continente y del mundo.

No existe razón que explique por qué se le otorga validez a un torneo al que le faltaban siete partidos y no a uno al que le restaban tres. Porque en Primera, donde faltaban siete, hay un justo campeón (Universidad Católica) y otros que clasifican a torneos internacionales. No existe lógica para que eso se plasme y no se considere lo mismo para un certamen como el de Primera B al que le faltaban tres partidos. Tres. Además de despojar a Santiago Wanderers de su merecido ascenso, pasaron a llevar a La Serena, Ñublense, Barnechea, Cobreloa, Melipilla, que también pelearon por ascender. En Primera, con siete partidos menos, hay campeón y clasificados a copas internacionales. En la B, con casi todo el certamen disputado, no hay ninguna recompensa, sino un castigo inmerecido para todos.

¿Por qué pasó esto? Porque en el fútbol, como en la sociedad, existe la noción del atropello permitido cuando favorece al poderoso, así como las penas del averno cuando la víctima es de alcurnia. Porque en el fútbol, como en la sociedad, el poderoso cree que te hace un favor cuando te invita a su mesa. Porque la mesa es suya, no de los más pequeños. Porque en el fútbol, como en la sociedad, el abuso es permitido, fomentado, defendido. Porque en el fútbol, como en la sociedad, cuando surge una excepción te venden la ilusión de apertura del modelo. Pero es eso, una ilusión falsa. Porque en el fútbol, como en la sociedad, el modelo no se toca.

Lo que el fútbol no se dio cuenta este viernes 28 de noviembre del 2019, es que la gente se cansó de los abusos permitidos, se hastío de la descarnada desigualdad, se agotó de favorecer siempre a los mismos y mantener el panorama estático, inalterable, donde la codicia insaciable de los poderosos parece no detenerse. Llevamos más de un mes de manifestaciones que buscan una sociedad más justa. Se consiguió abrir el camino a una nueva Constitución. Quizás el fútbol también necesite una nueva hoja de ruta. Y así como le gente percibe que las autoridades y legisladores trabajan de espalda a la ciudadanía, después de este viernes vimos como los dirigentes de las Sociedades Anónimas Deportivas nacionales dirimen de espalda al hincha, al futbolista, al entrenador. De espalda a la pelota.

Siento una pea negra, inmensa, imposible de plasmar en un texto. La colusión se trasladó al fútbol. Para no repartir la torta entre dos más, los clubes decidieron acomodarse entre ellos. Así como las barras bravas y los violentos han hecho su parte en este nefasto panorama, lo ejecutado hoy por el Consejo de Presidentes es la maniobra más violenta que recuerda mi memoria. Esa violencia que no es física, que no tiene antídoto, que parece ser parte natural del paisaje. Esa violencia que tritura el alma. Esa que duele mucho más y por mucho más tiempo. La injusticia deleznable. Irreparable.

Imposible no peguntarse cuál habría sido el modo de actuar el Consejo de Presidentes si la Universidad de Chile no hubiera estado en zona de descenso. Si uno de los grandes no estuviera en la discusión.

Muchos hoy nos sentimos más lejos que nunca de la pelota, ese juego maravilloso que conocimos en la infancia y que hasta hoy nos permite ser un poco niños. Ese juego donde lo importante era vestir una camiseta, compartir con tus compañeros, amigos, barrio, población y familia. Ese juego que heredamos de nuestros abuelos y padres y que conseguimos contagiar a nuestros hijos. Porque en el camino podemos perder cualquier tradición, menos el amor por la pelota. Porque soy mucho más feliz viendo un partido con mi hijo que cuando llega con un 7.0 en un asignatura. Ese fútbol, por el que también sufrimos, por el que recorrimos kilómetros, millas y latitudes, hoy recibió un golpe terrible. Ojalá algún día nos podamos reencontrar. Con el otro juego, el de la ANFP, el de los dirigentes, el de las maniobras de pasillo y cálculos políticos, ese que despojó a un equipo de lo que se merecía, con ese fútbol donde cerraron la puerta, adaptaron la mesa y escondieron la llave, con ese fútbol no sé si pueda reconciliarme alguna vez.

La miseria duele. Y duele mucho.